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lunes, 10 de junio de 2013

MONTY ENTREVISTA A LOS LECTORES DE "NUBE NEGRA". VOL 3.






Esta tercera entrega de las entrevistas que muy amablemente van contestando mis primeros lectores, es muy especial para mí. La razón no solo porque se trate de dos de mis mejores, más queridas amigas y compañeras de "Más que vampiros". Si no porque son las máximas culpables de que a día de hoy os hable desde aquí. Fue con ellas que inicie mi andadura por los blogs y conocí un poco este maravilloso mundo e hice públicos mis primeros escritos. También fueron quienes me animaron y acompañaron con su apoyo desde el minuto cero. Eva (eemaria) fue mi lectora cero, quien me quitó el miedo y me redirigía en la escritura cuando perdía el rumbo. Los ojos de Aurim fueron los siguientes en ver el resultado final y ella se convirtió en el tres de tres que necesitaba para dejar de pensar que todo esto era una locura. Desinteresadamente, y con más paciencia que una santa, se ofreció a corregirla y posteriormente a maquetarla, con el súper resultado que ya habréis podido ver. Por todo esto y por mil cosas más, evidentes y privadas, esta entrevista es tan especial para mí como lo son sus dos entrevistadas. Espero que todos la disfrutéis y confió en leer pronto vuestras opiniones. Mil besis a todos.

Monty: Bueno, lo primero: mil gracias por acceder a esto chicas.

Aurim: Gracias a ti, Monty. Nunca me habían entrevistado en calidad de lectora. Enhorabuena por la idea, es muy original, interesante y divertida ;)

Eva (eemaria): Gracias a ti, Monty. Un placer contestar a tus preguntas y gracias por darme la oportunidad de haber leído el manuscrito antes de su publicación.

Monty: Pregunta obligada: ¿Os ha gustado, el libro en general? ¿Destacarías algo?

Eva: Me ha gustado muchísimo. Como destacar por supuesto el mundo de caos, destrucción y sobre todo de superación que has creado. Nos haces meternos en una historia que casi la vivimos real o como si fuéramos los actores de una película.

Aurim: ¡Por supuesto! La primera vez que lo leí, hace ya algún tiempo (gracias, Monty, por darme la oportunidad en aquel entonces, cuando la historia aún era un manuscrito calentito), ya me encantó. Me quedé prendada de sus personajes protagonistas y de sus historias personales. En la segunda lectura que hice, previa a la publicación, aun fue todo más intenso y me gustó aún más, porque, conociendo ya la historia, me deleité en los pequeños pasos que van dando los personajes en su complicada situación y en cada suceso, que hace que no te puedas separar del libro.

Monty: ¿Qué es lo que más os gustó en rasgos generales?

Aurim: La historia de los personajes, cómo a pesar de sus difíciles circunstancias sus vidas prosiguen, tratan de cuidarse los unos a los otros, establecen lazos afectivos que trascienden los de la propia sangre, y, por supuesto, cómo el amor se abre camino y surge en las circunstancias más inesperadas, si no las más adversas.

Eva: El escenario en sí, el cómo personas del siglo XXI (con todo tipo de comodidades como las que tenemos ahora) tienen que sobrevivir a un mundo sumido en la destrucción, a cómo deben vivir sin prácticamente nada; la fuerza que tienen todos para poder seguir adelante en un mundo en el que ellos no han decidido vivir. Los personajes, no solo los principales también los secundarios, tienen mucha fuerza.

Monty: ¿Algún aspecto por el cual la recomendaríais?

Eva: A las personas que les guste las verdaderas historias de amor, no solo románticas sino de amistad y familiar, y las distopías "Nube negra" es una buena combinación de ambas. La narración tan fresca, ágil y dinámica que utilizas seguro que no deja a nadie indiferente.

Aurim: ¿Sólo uno? XD Es una novela diferente, que aúna los géneros de la distopía y romántico, y al mismo tiempo es una historia sobre personas, cada una de ellas tiene su momento y su lugar en el libro. Es un libro lleno de humanidad.


***


Tenéis la entrevista completa pinchando "AQUÍ"

domingo, 9 de junio de 2013

!!!! FELIZ CUMPLEAÑOS MONTY!!!!

(Publicado el 07/03/10)

!!!! Cumpleaños feeeeeeeliz, cumpleaños feeeeliz te deseaaaaaaamos todoooos, cumpleaños feeeeeeeliz !!!!!!

      (tu le pones la entonacion jajaajajaj)

Aurim y Eemaria te deseamos un feliz dia… como no hemos podido traerte a Kellan… porque… que caché tiene tu chico ehh!!!!! Te dejamos un anticipo de lo que algún dia esperemos que sea un regalo en carne y hueso.

!!!Disfruta desemvolviendo el lazo!!!!!!

!!! TE QUEREMOS !!!










Twilight
Twilight and Breaking Dawn Movie

"GUARDIANES" DE MONTY BROX.

(Publicado el 06/05/10)



CAPITULO 1.
PRIMERA PARTE.


Cassidy, estaba agotada, feliz, pero agotada. Había tomado la torpe decisión de dejarse caer sobre su mullida y enorme cama durante unos minutos, antes de cambiarse para la segunda parte de su fiesta de cumpleaños. Pero eran más de las dos de la madruga, y en ese momento le parecía que el edredón dorado le susurraba al oído que se quedara tumbada sobre él. Se había levantado a las siete de la mañana. Había asistido a sus últimas horas de instituto. Comido por su cumpleaños con sus mejores amigas, y dolorosamente y en secreto, se había despedido en su interior de ellas. Nunca, desde el día que sus padres la hicieron conocedora de su secreto, dudó de cuál sería su elección llegado el momento. Para rematar el día, que no terminar, sus padres vieron necesario que celebrara por todo lo alto su mayoría de edad y su futura conversión dando una gran fiesta en su enorme mansión, con todos sus compañeros de clase y amigos a los cuales rara vez volvería ver.

-¿Te queda mucho? -preguntó su madre.

Cassidy podía imaginársela apoyándose en la barandilla de la majestuosa escalera, vertiendo su peso hacia el hueco para gritarle desde abajo.

-Acabo de subir -respondió ella del mismo modo y acto seguido se tapó la cara con uno de los cojines de plumón del cabecero.

-Lo sabemos, cielo -resonó escaleras arriba hasta llegar a ella la voz de su padre-. Pero es que…

Cassidy se apartó la almohada de la cara al percibir unos cuchicheos. Decidió ponerse en pie antes de que su exigente madre subiera a buscarla y la enfajara en el vestido de corpiño color sangre a la fuerza. Mientras que desenfundaba la preciosa prenda rojo carmesí del plástico protector escuchó cómo unos finísimos tacones maltrataban los peldaños en dirección a su cuarto. La puerta se abrió a la vez que ella resoplaba haciendo rodar sus ojos hacia la pequeña lámpara de araña del techo de su dormitorio.

-Cassidy -increpó su madre con voz chillona-. Te necesitamos abajo. ¡Ya! Hemos tenido un problema con uno de tus regalos.

Cassidy se giró y la miró con la cabeza ladeada y el ceño fruncido. Realmente su querida madre, rubia platino y con aspecto de Barbie atrapada en los años cuarenta, podía ser una verdadera histérica. La chica empezó a enumerar uno por uno todos los inofensivos presentes que había recibido de sus invitados. El Ipod, el reproductor de DVD portátil, el marco digital y así con cada uno de ellos. Su madre fue negando sin decir palabra mientras trataba de sacarle por las bravas su TOP sin tirantes negro de lentejuelas.

-¡Mamá PARA! -se quejó de manera infructuosa Cassidy-. ¿A qué viene tanta prisa? No lo entiendo.

-Quizás la señora Legrende, debía haber concretado. Tuvimos un problema con uno de “nuestros” regalos. Concretamente con el de Gabriel.

Quien le hablaba junto a la puerta, recostado contra la pared de manera que no podía verle, era Alexander. Uno de sus cuatro guardianes. Gabriel era otro más de ellos. Junto con Hardy, William y sus padres, ellos cuatro completaban su extraña familia. Habían crecido juntos, o más bien ella había crecido y Alexander había “recrecido”. Desde que supo, y entendió, la verdad Cassidy le había negado la entrada a su dormitorio si estaba en paños menores. La excusa de: “pero si nos hemos bañado juntos” jamás volvió a funcionarle a Alexander cuando ella se ponía remilgada con su intimidad. Pero quitando aquella fase en la que se creyó enamorada de su mejor amigo, normalmente a ella no le importaba que la viera cambiarse. Total, no vería nada nuevo que no hubiera visto ya.

-¿Qué han hecho esta vez? -preguntó cuando se encontraba con la cabeza y los brazos perdidos entre pliegues y pliegues de tela rojiza. Cassidy sabía que en cualquier lío que estuviera metido Gabriel, había sido prácticamente guiado de la mano por Hardy.

Cuando su cabeza al final estuvo liberada de la prenda, sus ojos chocaron con los de Alexander. Eran de un intenso gris que parecía refulgir destellos blancos, enormes y estaban rodeados por unas espesísimas pestañas azabaches, tan negras como su pelo. El estaba tratando de ayudar, por la parte delantera, a que el vestido de Cassidy bajara a su sitio. Con sus delgadas pero fuertes manos tiraba del bajo del corsé. Cuando creyó que la prenda finalmente estuvo en su sitio volvió a cruzar la mirada con Cassidy. Al alzar el rostro el flequillo le cubrió los ojos y, divertida Cassidy, le sopló a la cara para apartárselo.

-No hagas eso -refunfuñó Alexander tapándole la boca con la mano-. Lo odio.

Rápidamente el chico se llevó la mano al pelo y lo peinó a su gusto. No es que fuera escrupuloso con el aliento de ella, simplemente odiaba que nadie manipulara de manera alguna su carísimo y estudiado corte. El largo de los frontales le llegaba algo más por debajo de las orejas, e iba siendo más corto hacia atrás. Cassidy lo sabía y sólo por ello, en cuanto tuvo una mano libre se lo revolvió a conciencia. Él la fulminó con la mirada y Cassidy simuló temblar de miedo. Alexander lentamente y con sumo respeto apartó a la señora Legrende de la chica. Tomó a Cassidy por la cintura levantándola del suelo casi medio metro y fue con ella hasta la cama donde la dejó caer.

Un instante antes de que Alexander se subiera a horcajadas encima de ella, Cassidy pudo ver uno de sus truquitos. Alexander de un metro noventa, más de noventa kilos y con las facciones de un hombre de veinticuatro años, encogió. En cuestión de décimas de segundos pasó a medir el mismo metro setenta que la muchacha. Y una vez Cassidy tuvo el rostro furioso de él frente al suyo, no aparentaba tener ni un solo año más que ella.

-Eres odiosa, Cassy -chillaba Alexander a la vez que trataba de retener las manos de la chica.

-Y tú un estirado -protestó Cassidy al tiempo que intentaba despeinarle de nuevo.

Peleaban jugando como dos hermanos. Como lo que para Cassidy, y para el resto del mundo, eran. Sus padres habían elegido a Alexander entre los demás soldados para que formara parte de los cuatro guardianes de Cassidy por su habilidad. Alexander podía adquirir el aspecto de cualquier edad que se le antojase. Esto le convirtió en la mejor opción para acompañar a Cassidy en su vida humana. Fue con ella a la guardería, al colegio, al instituto y salía con ella y sus amigos. No fue hasta que Cassidy cumplió los seis años que se supo que ni ella ni Alexander eran hijos biológicos de sus padres, como tampoco eran hermanos entre ellos. Y no fue hasta los doce cuando empezó a entenderlo todo y comprendió la verdad. Pero en el fondo todo esto le daba igual. Alexander siempre sería su amigo del alma y en muchas ocasiones, como cuando se peleaban, su odiado y remilgado hermano.

-¿Queréis dejar de jugar? -increpó la señora Legrende, tirando con fuerza de Alexander hasta que lo sacó de encima de su hija-. Comportaros los dos. Que ya tenéis una edad. Sobre todo tú, Alexander. Vuelve a tu forma ahora mismo. Y tú, niña, termina de vestirte antes de que esa cosa me destroce el salón.

-¿Qué cosa? -preguntó curiosa Cassidy, incorporándose de un salto de la cama.

-El lumbreras de Gabriel -anunció Alexander, recolocándose su camisa negra de Dior-. No se le ha ocurrido otra cosa que traerte un… -Él se calló sólo para molestarla e impacientarla.

-¿Un qué? Di -rogó ella, tirando de su camisa, y él la fulminó con la mirada-. Perdón. ¿Qué es? Dímelo, por fa.

Alexander estaba a punto de contentarla, cuando un fuerte carraspeo procedente de la puerta tras él le interrumpió, dejándole con la palabra en la boca abierta. Sabía de sobra quién era. Aquel ruido tan gutural y potente sólo podía pertenecer a Gabriel. Sólo alguien con su poderoso porte, más de dos metros y ciento veinte kilos de peso, podía proferir tal sonido. El chico daba miedo de verdad. Sobre todo si te topabas con él en la oscuridad de un callejón. En realidad podía resultar mortalmente amedrentador en cualquier situación en la que no abriera la boca. Porque en cuanto hablaba, sobre todo si le estabas mirando a los ojos, toda esa aura letal desaparecía.

Nada más pronunciarse descubrías al niño enmascarado en aquella mole de músculos. Rubio, de ojos azul celeste y sonrisa perfecta. Si eras una fémina te faltaba tiempo para postrarte a sus pies. Si eras un varón… Bueno, sólo te quedaba rezar por que el niño que ante ti se alzaba fuera uno de esos niños buenos, cariñosos y no de esos que de crueles parecen endemoniados, porque si te planteabas esa posibilidad el miedo era incluso mayor.

-Como abras esa bocaza tuya Alexander… -amenazó seriamente el recién llegado-, te juro que estaré sin hablarte siglos. Te lo juro.

-Tranquilo, grandullón -se burló Alexander, golpeando con una mano en el amplio pecho de Gabriel al pasarle para salir de la habitación-. ¿Qué haría yo sin tu inestimable y erudita conversación durante tanto tiempo? Creo que perecería -apuntilló, bajando por las escaleras.

-Nosotros no hacemos eso, bobo -refunfuñó Gabriel al tiempo que Cassidy saltaba a sus brazos para que la cogiera al vuelo.

-Sólo espero que no hayas perdido también mi collar -gritó Alexander que casi estaba ya en el primer piso.

-Serás idiota -le increpó el gran hombre, cargando con la chica fuera de la habitación-. Ahora ya sabe cuál es tu regalo.

-No importa -susurró Cassidy en el odio de Gabriel-. Seguro que el tuyo me gusta más.

Cassidy le besó en la mejilla y su castaño pelo le hizo cosquillas en la cara. Ruborizado, no por la vergüenza sino por la emoción, Gabriel cargó con ella hasta el último tramo de escaleras seguido por la señora Legrende. Al llegar al trecho de peldaños visibles desde el amplio vestíbulo que daba paso al salón, la dejó en el suelo y raudo bajó, desapareciendo de su vista. Selina Legrende, su madre a todos los efectos, estaba junto a ella. Le dio los últimos retoques a su vestido rojo y a su castaño pelo. Miró orgullosa a los dorados ojos de Cassidy y fue al primer piso para reunirse con el resto y que ella hiciera sola su entrada magistral.

Cassidy había crecido rodeada de la gente que, ansiosa, la esperaba en el salón. Sólo sus padres y sus cuatro guardianes. Ellos serían los únicos de toda la gente que conocía que permanecerían en su vida de ese día en adelante. Era triste, muy triste. Pero la alternativa era aún peor. Si no decidía unirse a ellos y a su digamos “estilo de vida”, tendría que renunciar a todos.

No volvería a ver a su clasista, recta y disciplinada madre, a la que ella quería a pesar de todo. No vería jamás a su bondadoso y afable padre, a quien adoraba. Y ante sus ojos jamás estarían otra vez sus cuatro guardianes. Alex, su hermano y mayor amigo. Quien siempre, con su carácter pausado y calmado la escuchaba y la entendía a la perfección, aunque sus personalidades fueran tan distintas. Gabriel, ese niño gigante que aparentaba veintiséis años. Adorable y noble. Que tantas veces la consolaba callado, por miedo a que sus torpes palabras empeoraran la situación que la había enojado. Quien en ese momento la estaba haciendo ver mariposas, literalmente, volar alrededor de ella. Sin olvidar a sus otros dos guardianes: William y Hardy.

No sólo no los volvería a ver, sino que ni siquiera los recordaría. Por eso y porque el corazón se le encogía sólo de pensarlo, Cassidy había decido no volver a vivir como una simple humana a partir de esa noche. Y dejar de serlo para siempre en algún momento en los siguientes tres años.

"GUARDIANES" DE MONTY BROX

(Publicado el 15/06/10)




CAPITULO 1



Cassidy, estaba agotada, feliz, pero agotada. Había tomado la torpe decisión de dejarse caer sobre su mullida y enorme cama durante unos minutos, antes de cambiarse para la segunda parte de su fiesta de cumpleaños. Pero eran más de las dos de la madruga, y en ese momento le parecía que el edredón dorado le susurraba al oído que se quedara tumbada sobre él. Se había levantado a las siete de la mañana. Había asistido a sus últimas horas de instituto. Comido por su cumpleaños con sus mejores amigas, y dolorosamente y en secreto, se había despedido en su interior de ellas. Nunca, desde el día que sus padres la hicieron conocedora de su secreto, dudó de cuál sería su elección llegado el momento. Para rematar el día, que no terminar, sus padres vieron necesario que celebrara por todo lo alto su mayoría de edad y su futura conversión dando una gran fiesta en su enorme mansión, con todos sus compañeros de clase y amigos a los cuales rara vez volvería ver.


-¿Te queda mucho? -preguntó su madre.


Cassidy podía imaginársela apoyándose en la barandilla de la majestuosa escalera, vertiendo su peso hacia el hueco para gritarle desde abajo.


-Acabo de subir -respondió ella del mismo modo y acto seguido se tapó la cara con uno de los cojines de plumón del cabecero.


-Lo sabemos, cielo -resonó escaleras arriba hasta llegar a ella la voz de su padre-. Pero es que…


Cassidy se apartó la almohada de la cara al percibir unos cuchicheos. Decidió ponerse en pie antes de que su exigente madre subiera a buscarla y la enfajara en el vestido de corpiño color sangre a la fuerza. Mientras que desenfundaba la preciosa prenda rojo carmesí del plástico protector escuchó cómo unos finísimos tacones maltrataban los peldaños en dirección a su cuarto. La puerta se abrió a la vez que ella resoplaba haciendo rodar sus ojos hacia la pequeña lámpara de araña del techo de su dormitorio.


-Cassidy -increpó su madre con voz chillona-. Te necesitamos abajo. ¡Ya! Hemos tenido un problema con uno de tus regalos.


Cassidy se giró y la miró con la cabeza ladeada y el ceño fruncido. Realmente su querida madre, rubia platino y con aspecto de Barbie atrapada en los años cuarenta, podía ser una verdadera histérica. La chica empezó a enumerar uno por uno todos los inofensivos presentes que había recibido de sus invitados. El Ipod, el reproductor de DVD portátil, el marco digital y así con cada uno de ellos. Su madre fue negando sin decir palabra mientras trataba de sacarle por las bravas su TOP sin tirantes negro de lentejuelas.


-¡Mamá PARA! -se quejó de manera infructuosa Cassidy-. ¿A qué viene tanta prisa? No lo entiendo.


-Quizás la señora Legrende, debía haber concretado. Tuvimos un problema con uno de “nuestros” regalos. Concretamente con el de Gabriel.


Quien le hablaba junto a la puerta, recostado contra la pared de manera que no podía verle, era Alexander. Uno de sus cuatro guardianes. Gabriel era otro más de ellos. Junto con Hardy, William y sus padres, ellos cuatro completaban su extraña familia. Habían crecido juntos, o más bien ella había crecido y Alexander había “recrecido”. Desde que supo, y entendió, la verdad Cassidy le había negado la entrada a su dormitorio si estaba en paños menores. La excusa de: “pero si nos hemos bañado juntos” jamás volvió a funcionarle a Alexander cuando ella se ponía remilgada con su intimidad. Pero quitando aquella fase en la que se creyó enamorada de su mejor amigo, normalmente a ella no le importaba que la viera cambiarse. Total, no vería nada nuevo que no hubiera visto ya.


-¿Qué han hecho esta vez? -preguntó cuando se encontraba con la cabeza y los brazos perdidos entre pliegues y pliegues de tela rojiza. Cassidy sabía que en cualquier lío que estuviera metido Gabriel, había sido prácticamente guiado de la mano por Hardy.


Cuando su cabeza al final estuvo liberada de la prenda, sus ojos chocaron con los de Alexander. Eran de un intenso gris que parecía refulgir destellos blancos, enormes y estaban rodeados por unas espesísimas pestañas azabaches, tan negras como su pelo. El estaba tratando de ayudar, por la parte delantera, a que el vestido de Cassidy bajara a su sitio. Con sus delgadas pero fuertes manos tiraba del bajo del corsé. Cuando creyó que la prenda finalmente estuvo en su sitio volvió a cruzar la mirada con Cassidy. Al alzar el rostro el flequillo le cubrió los ojos y, divertida Cassidy, le sopló a la cara para apartárselo.


-No hagas eso -refunfuñó Alexander tapándole la boca con la mano-. Lo odio.


Rápidamente el chico se llevó la mano al pelo y lo peinó a su gusto. No es que fuera escrupuloso con el aliento de ella, simplemente odiaba que nadie manipulara de manera alguna su carísimo y estudiado corte. El largo de los frontales le llegaba algo más por debajo de las orejas, e iba siendo más corto hacia atrás. Cassidy lo sabía y sólo por ello, en cuanto tuvo una mano libre se lo revolvió a conciencia. Él la fulminó con la mirada y Cassidy simuló temblar de miedo. Alexander lentamente y con sumo respeto apartó a la señora Legrende de la chica. Tomó a Cassidy por la cintura levantándola del suelo casi medio metro y fue con ella hasta la cama donde la dejó caer.

Un instante antes de que Alexander se subiera a horcajadas encima de ella, Cassidy pudo ver uno de sus truquitos. Alexander de un metro noventa, más de noventa kilos y con las facciones de un hombre de veinticuatro años, encogió. En cuestión de décimas de segundos pasó a medir el mismo metro setenta que la muchacha. Y una vez Cassidy tuvo el rostro furioso de él frente al suyo, no aparentaba tener ni un solo año más que ella.

-Eres odiosa, Cassy -chillaba Alexander a la vez que trataba de retener las manos de la chica.


-Y tú un estirado -protestó Cassidy al tiempo que intentaba despeinarle de nuevo.


Peleaban jugando como dos hermanos. Como lo que para Cassidy, y para el resto del mundo, eran. Sus padres habían elegido a Alexander entre los demás soldados para que formara parte de los cuatro guardianes de Cassidy por su habilidad. Alexander podía adquirir el aspecto de cualquier edad que se le antojase. Esto le convirtió en la mejor opción para acompañar a Cassidy en su vida humana. Fue con ella a la guardería, al colegio, al instituto y salía con ella y sus amigos. No fue hasta que Cassidy cumplió los seis años que se supo que ni ella ni Alexander eran hijos biológicos de sus padres, como tampoco eran hermanos entre ellos. Y no fue hasta los doce cuando empezó a entenderlo todo y comprendió la verdad. Pero en el fondo todo esto le daba igual. Alexander siempre sería su amigo del alma y en muchas ocasiones, como cuando se peleaban, su odiado y remilgado hermano.


-¿Queréis dejar de jugar? -increpó la señora Legrende, tirando con fuerza de Alexander hasta que lo sacó de encima de su hija-. Comportaros los dos. Que ya tenéis una edad. Sobre todo tú, Alexander. Vuelve a tu forma ahora mismo. Y tú, niña, termina de vestirte antes de que esa cosa me destroce el salón.


-¿Qué cosa? -preguntó curiosa Cassidy, incorporándose de un salto de la cama.

-El lumbreras de Gabriel -anunció Alexander, recolocándose su camisa negra de Dior-. No se le ha ocurrido otra cosa que traerte un… -Él se calló sólo para molestarla e impacientarla.


-¿Un qué? Di -rogó ella, tirando de su camisa, y él la fulminó con la mirada-. Perdón. ¿Qué es? Dímelo, por fa.


Alexander estaba a punto de contentarla, cuando un fuerte carraspeo procedente de la puerta tras él le interrumpió, dejándole con la palabra en la boca abierta. Sabía de sobra quién era. Aquel ruido tan gutural y potente sólo podía pertenecer a Gabriel. Sólo alguien con su poderoso porte, más de dos metros y ciento veinte kilos de peso, podía proferir tal sonido. El chico daba miedo de verdad. Sobre todo si te topabas con él en la oscuridad de un callejón. En realidad podía resultar mortalmente amedrentador en cualquier situación en la que no abriera la boca. Porque en cuanto hablaba, sobre todo si le estabas mirando a los ojos, toda esa aura letal desaparecía.


Nada más pronunciarse descubrías al niño enmascarado en aquella mole de músculos. Rubio, de ojos azul celeste y sonrisa perfecta. Si eras una fémina te faltaba tiempo para postrarte a sus pies. Si eras un varón… Bueno, sólo te quedaba rezar por que el niño que ante ti se alzaba fuera uno de esos niños buenos, cariñosos y no de esos que de crueles parecen endemoniados, porque si te planteabas esa posibilidad el miedo era incluso mayor.


-Como abras esa bocaza tuya Alexander… -amenazó seriamente el recién llegado-, te juro que estaré sin hablarte siglos. Te lo juro.

-Tranquilo, grandullón -se burló Alexander, golpeando con una mano en el amplio pecho de Gabriel al pasarle para salir de la habitación-. ¿Qué haría yo sin tu inestimable y erudita conversación durante tanto tiempo? Creo que perecería -apuntilló, bajando por las escaleras.


-Nosotros no hacemos eso, bobo -refunfuñó Gabriel al tiempo que Cassidy saltaba a sus brazos para que la cogiera al vuelo.

-Sólo espero que no hayas perdido también mi collar -gritó Alexander que casi estaba ya en el primer piso.


-Serás idiota -le increpó el gran hombre, cargando con la chica fuera de la habitación-. Ahora ya sabe cuál es tu regalo.

-No importa -susurró Cassidy en el odio de Gabriel-. Seguro que el tuyo me gusta más.

Cassidy le besó en la mejilla y su castaño pelo le hizo cosquillas en la cara. Ruborizado, no por la vergüenza sino por la emoción, Gabriel cargó con ella hasta el último tramo de escaleras seguido por la señora Legrende. Al llegar al trecho de peldaños visibles desde el amplio vestíbulo que daba paso al salón, la dejó en el suelo y raudo bajó, desapareciendo de su vista. Selina Legrende, su madre a todos los efectos, estaba junto a ella. Le dio los últimos retoques a su vestido rojo y a su castaño pelo. Miró orgullosa a los dorados ojos de Cassidy y fue al primer piso para reunirse con el resto y que ella hiciera sola su entrada magistral.


Cassidy había crecido rodeada de la gente que, ansiosa, la esperaba en el salón. Sólo sus padres y sus cuatro guardianes. Ellos serían los únicos de toda la gente que conocía que permanecerían en su vida de ese día en adelante. Era triste, muy triste. Pero la alternativa era aún peor. Si no decidía unirse a ellos y a su digamos “estilo de vida”, tendría que renunciar a todos.


No volvería a ver a su clasista, recta y disciplinada madre, a la que ella quería a pesar de todo. No vería jamás a su bondadoso y afable padre, a quien adoraba. Y ante sus ojos jamás estarían otra vez sus cuatro guardianes. Alex, su hermano y mayor amigo. Quien siempre, con su carácter pausado y calmado la escuchaba y la entendía a la perfección, aunque sus personalidades fueran tan distintas. Gabriel, ese niño gigante que aparentaba veintiséis años. Adorable y noble. Que tantas veces la consolaba callado, por miedo a que sus torpes palabras empeoraran la situación que la había enojado. Quien en ese momento la estaba haciendo ver mariposas, literalmente, volar alrededor de ella. Sin olvidar a sus otros dos guardianes: William y Hardy.


No sólo no los volvería a ver, sino que ni siquiera los recordaría. Por eso y porque el corazón se le encogía sólo de pensarlo, Cassidy había decido no volver a vivir como una simple humana a partir de esa noche. Y dejar de serlo para siempre en algún momento en los siguientes tres años.


Cassidy se entretuvo unos segundos mirando cómo las cientos de mariposas que Gabriel estaba evocando para ella, revoloteaban a su alrededor. Todo un despliegue de color sólo para sus ojos. Tomó aire ruidosamente un par de veces y tras estirazar los pliegues de la larga falda que le llegaba hasta los pies, cubriéndolos por completo, bajó el primer peldaño. Su corazón dio un pequeño brinco al ver a toda su familia reunida al final de la escalera para recibirla. Eran perfectos y aquel aleteo en su pecho la reafirmaba de estar haciendo lo correcto. Sería incapaz de hacer nada que causara que no volviera a ver cualquiera de aquellos seis rostros. Los querría a los seis, a cada uno de un modo y por causas distintas, por toda la eternidad. Y sólo con pensar en renunciar a uno solo de ellos se le helaba el alma.
Encabezando la perfecta línea de recibimiento estaba su padre. Gregori Legrende. Aparentaba tener treinta años recién cumplidos, aunque realmente hacía muchísimo tiempo que eso había pasado. A pesar de ser el primero en la línea sucesoria de los Opyer, como se hacían llamar la clase aristocrática, su aspecto era igual al de cualquier humano de clase adinerada. Su rostro siempre se mostraba afable con aquellos ojos verdes grisáceos y el cabello castaño ondulado, que tanto había ayudado a que su falsa paternidad fuera más creíble, pues era idéntico al de Cassidy.
A la izquierda de su padre, su madre ocupaba el segundo lugar. Era alta como Cassidy, pero ahí terminaban todos los parecidos. Al contrario que la muchacha, Selina Legrende, era rubia platino, con el pelo rizado y un con un montón de curvas femeninas muy marcadas. Selina era voluptuosa allí donde su hija era delgada y fuerte al estilo de una bailarina clásica. Su aspecto te hacía creer que se encontraba entre los veintiséis o veintisiete años pero al igual que el señor Legendre el día que ella sopló las velas con ese número en su pastel de cumpleaños quedaba muy atrás en el tiempo. Ella no era una Opyer de “cuna”. Había obtenido el ostentoso título al emparejarse con Gregori y era muy feliz de mostrar continuamente su posición social, como si éste fuera por derecho de “nacimiento”.

Los señores Legendre habían esperado prácticamente una eternidad para poder adoptar. Las leyes Opyer eran muy estrictas respecto a ello. Sólo un humano puesto en adopción voluntariamente por sus progenitores y que descendiese de la línea sanguínea de alguno de los aspirantes a padres, podía ser adoptado por estos. Cassidy suponía que tanto tiempo en espera para recibir esa llamada era la culpable de que sus padres hubieran sido los mejores del mundo. Siempre a su manera, pero siempre los mejores. Jamás le faltó de nada y todo lo que pudiera imaginar o desear, por escaso que fuera ese anhelo, lo tenía. Y por eso era que tenía a sus cuatro fantásticos, genuinos y mejor entrenados guardianes. Los Legrende sólo admitían lo mejor de lo mejor cuando se trataba de Cassidy.


No sólo eran los mejores soldados del ejército que custodiaba las vidas de los Opyer. Los cuatro eran Obour. Palabra que en búlgaro se usaba para nombrar a aquellos de su raza que eran capaces de realizar “trucos”. Alexander, que le sonreía desde la izquierda de su madre, era capaz de aparentar físicamente la edad que se le antojase. William, el capitán de su guardia, situado el cuarto en la fila, era capaz de comunicarse con cualquier ser vivo, ver las cosas que habían acontecido alrededor de un objeto o conocer los anhelos secretos de cualquiera con sólo tocarle la piel. El alocado y rebelde del grupo, Hardy, se teletransportaba a su antojo a cualquier lugar que fuera capaz de imaginar portando lo que se le viniera en gana. Y por último, el enorme Gabriel tenía el poder de implantar visiones reales o imaginarias en cualquier humano. También era capaz de hacerlo sobre su propia raza, pero requería de mayor esfuerzo para él o de una mente más débil por parte de su objetivo.

Ésa era su poco “común” familia. Y uno a uno, aguardando en fila su momento, fueron saludándola de manera ceremonial. Sosteniendo las manos de Cassidy entre las suyas al tiempo que se hacían leves reverencias con la cabeza.



-Bien dejémonos ya de tanto protocolo Opyer o terminaré harta antes de empezar siquiera a aprender todas las remilgadas clases de saludos -bromeó Cassidy cuando terminó con Gabriel su ronda de ademanes-. Quiero ver mis regalos. El tuyo primero, Briel. Ha creado tanta expectación que me muero por saber lo que es.


Cassidy tiró de la mano de su guardián hacia el salón y éste se dejó arrastrar seguido por el resto. Al entrar en la estancia, los ojos de Cassidy se abrieron de par en par y un jadeo de incredulidad brotó de su boca. Nadie podría decir que hacía escasos minutos allí había tenido lugar una fiesta multitudinaria de jóvenes recién graduados. La sala estaba reluciente en toda su inmensidad, iluminada por cientos de velas diminutas repartidas por los setenta metros cuadrados del salón. Las rosas blancas y capullos de éstas de color rosado inundaban la sala desde todas sus esquinas y mesas.


Una leve purpurina dorada caía incesante y lentamente del techo, fruto claramente del poder de Gabriel. En el centro la gran chimenea estaba encendida cobijando el mayor fuego que ésta podía albergar. En pleno mes de mayo aquella fogata sería una locura a ojos de un humano. Pero la extraña familia de Cassidy no sentía ni frío ni calor, nunca, fueran cuales fueran las circunstancias climáticas. Y a ella le bastaría con permanecer junto a cualquiera de ellos para tampoco verse afectada por el calor que desprendía el enorme hogar.

-¿Cuándo lo viste? -preguntó Cassidy soltándose de Gabriel para ir en busca de William.


La estancia representaba fiel y con todo lujo de detalles la imagen que ella había evocado en su mente al pensar en el evento. Nunca había hecho un comentario o sugerencia sobre cómo le gustaría que luciese el salón aquella noche. Claramente William lo había captado directamente de sus pensamientos y se lo había hecho llegar al resto.


William se mostró un poco reacio a reconocer en qué preciso instante había captado esa instantánea de su mente. Se mesó los frondosos cabellos castaños y ladeó la cabeza hacia ambos lados, apretando suavemente los labios. Con sus despiertos ojos marrones le rogaba que no insistiera en su pregunta.


-¡Oh, está bien! -refunfuñó Cassidy algo decepcionada-. Tú y tus normas de no hablar sobre lo que ves.


Gregori Legrende tomó a su hija por la cintura para que le acompañara al sofá y dejara de avasallar al capitán de sus guardianes. Padre e hija tomaron asiento en el centro del sillón color crema. William llevó hasta allí una majestuosa silla de madera tallada para que Selina tomara asiento, y él se sitúo junto con sus tres hombres. De pie rodeaban el sofá, uno en cada brazo y dos a sus espaldas. Cuando todos estuvieron acomodados Gregori le tendió a su hija un sobre muy grueso de color esmeralda. Cassidy lo miró a él y a su madre con ojos entusiasmados. Selina le hizo un gesto apremiándola a que abriera el presente. En el interior del sobre verde había cinco billetes para realizar una vuelta al mundo. Billetes con fecha abierta y en primera clase. El paquete además contenía una tarjeta de crédito con el blasón de la familia Legrende en dorado sobre un fondo negro.


-No tiene fondo. Espero poder confiar en ustedes, muchachos -bromeó el señor Legrende paseando la vista sobre los cuatro guardianes a la vez que les sonreía abiertamente, uno por uno-. No vayan a conseguir lo que el crack del veintinueve no logró.



Todos rieron ante la ocurrencia de Gregori. Si alguien había estado lejos del alcance de la gran crisis norteamericana ese había sido él. Cassidy, ajena al regocijo de su padre y sus cuatro guardianes, acariciaba el dragón dorado estampado en la tarjeta.


-Gracias -susurró la chica emocionada-. Os quiero a los dos, sois los mejores.


-De nada cielo -respondió el señor Legrende medio asfixiado por el abrazo de su hija, y continuó hablando una vez ésta pasó a regalar su cariño a Salina-. Tu madre y yo sólo queremos que disfrutes algo de la libertad y la confianza que te has ganado tras años de comportarte de manera ejemplar. Eso y que veas todo cuanto puedas de este mundo antes de que el astro rey limite tu tiempo en el exterior.


-Ahora los chicos -anunció Selina haciendo que Cassidy se soltara inmediatamente de ella y se volviera veloz para mirar a sus guardianes.


-Briel, tú primero –suplicó, saltando de rodillas al sofá para tirar de la mano del enorme muchacho que sonrío feliz por su entusiasmo.


Gabriel intentó pasar de manera disimulada, sin mucho triunfo, una cajita negra de joyería a Alexander. El moreno miraba al rubio de manera desafiante mientras recibía la cajita.


-Creo que Gabriel perdió el derecho a su turno cuando perdió mi otra mitad de tu regalo -opuso Alexander-. ¿No es así, Gabriel?


El muchacho rubio asintió con un gesto lastimero. Desde la otra punta del sofá Alexander ofreció la caja negra a Cassidy. Ella la tomó al tiempo que clavaba sus ojos miel en los casi blancos de Alexander. Cassidy nunca aprobó la frialdad o la altanería con la que Alexander trataba a Gabriel. Briel, como ella cariñosamente le llamaba, era un tipo muy sentido y con una gran bondad, carente de cualquier tipo de malicia o egoísmo. Era un niño grande, y Alexander un muchacho mucho más refinado, siempre se aprovechaba de ello, sabiendo que rara vez Gabriel protestaría por ello. Aunque Alexander no engañaba a ninguno de los presentes. Todos sabían que daría la vida por cualquiera de ellos y que jamás permitiría que nadie que no fuera él tratara con esa vejatoria condescendencia a su compañero.


-¡Wuaw! -exclamó Cassidy al abrir el largo cofrecito de terciopelo-. Pero… ¿Por qué dices que Gabriel perdió la otra mitad? Está entero.


-¡Oh, vamos niña, póntelo de una vez! -exigió Selina frenética, y un escalofrío de repugnancia recorrió su cuerpo-. Puedo sentir cómo esa… cosa, se restriega por todos los muebles de mi salón.


-No entiendo nada -confesó algo exasperada Cassidy, al tiempo que sacaba el hermoso collar para mirarlo con detenimiento.


-¿Te gusta? -preguntó Alexander, situándose a su espalda para ayudarla a ponérselo.


Ella asintió en silencio, mirando los enrevesados y laboriosos grabados del corazón de oro que colgaba de la cadena del mismo material. No era macizo, sino hueco. En su interior se adivinaba una pequeña bolita que lo hacía sonar como un pequeño cascabel.


-La otra mitad. Su pareja. De idénticos quilates -al añadir este detalle a su explicación Alexander miró de manera significativamente desdeñosa a Gabriel-, se encuentra colgando en el cuello de… la mascota que Gabriel trajo como regalo para ti. El suyo suena más fuerte, supuestamente para que siempre podamos encontrarlo. Pero misteriosamente no ha vuelto a sonar desde hace veinte minutos. Te advierto… -señaló amenazadoramente a Gabriel-, que como se lo haya quitado y lo haya perdido TÚ, me lo pagarás de tu propia paga.


-Una mascota. ¿En serio? -vociferó excitada Cassidy, dando saltitos alrededor de todos hasta pararse frente a Gabriel-. Busquémosla todos. ¿Sí? Venga.


-Ése es el problema -musitó William, pasándose la mano por el pelo.


-¿No la ves, Cassidy? -preguntó angustiada su madre que, nada más que Cassidy negó con la cabeza, soltó un bufido.


-Tan pequeñita es que no dais ninguno con ella -cuestionó la chica-. ¿De qué tipo es?


- No, no es pequeñita “precisamente” -ironizó su padre-. Mmm, digamos que es un felino.

-¡Oh, claro! -exclamó Cassidy, asiéndose al brazo de Gabriel-. ¿Qué otra cosa podría ser viniendo de ti? Es un gatito.


-Si quieres llamarlo así… -sugirió con retintín Alexander-. El problema es que no es un “gatito” común. Es de un tipo que los humanos no pueden ver. Gabriel hechizó mi collar y el del “animalito” para que fuera visible para ti. Con eso hubiera bastado, pero le pareció gracioso hacer que sólo tú pudieras verlo si llevaba el collar. Con lo cual, nadie excepto tú puede verlo ahora. Qué magnífica idea, ¿verdad? Gran hombre.


Gabriel se sonrojó por la vergüenza y agachó el rostro mientras todos le miraban. William le apretó el hombro para infundirle ánimos y torció su labio superior, mirando fríamente a Alexander.

-Lo siento -comenzó a disculparse Gabriel, cohibido-. Sólo quería mostraros cómo funcionaba. No pensé que se movería tan rápido.


-No tiene importancia, Briel. Lo encontraremos -le dijo Cassidy, acariciando su mano-. Vamos, Alexander, será divertido. Juguemos a ver quién lo encuentra primero. Seguro que te gano. ¿Sí?


Cassidy le miró suplicante. Alexander cinceló para ella la más pícara de las sonrisas y comenzó a transformarse en un niño de unos diez años. Al grito de “Ya” los cinco empezaron, frenéticos y entre risas, la búsqueda.
 

Una hora después de estar rastreando al misterioso felino, sólo Alexander en su forma de niño, arrastrando las mangas y los bajos de su carísima ropa, Cassidy y Hardy seguían buscando a la mascota. El resto había desistido y estaban sentados alrededor de la mesa de té en una esquina del salón. A excepción de Gabriel, que se mantenía alejado del grupo con gesto de pesar, recostando su gran cuerpo en el sofá del salón. Alexander salió a gatas de debajo de la mesa del comedor con el pelo revuelto y la ropa llena de los restos de confeti que allí se habían acumulado tras la fiesta de Cassidy. Se miró de arriba a abajo y no le gustó nada lo que vio. Meneando la cabeza con gesto desaprobatorio, comenzó a volver a su forma original llenando por completo la ropa con su escultural cuerpo, fuerte y fibroso. Con sus andares elegantes se aproximo a Gabriel mientras por el camino se sacudía los pantalones.


-¡Hey, grandullón! -le llamó, sentándose junto a él-. No estés triste. Aparecerá. Y si no, Hardy estará encantado de volver a acompañarte al infierno para buscar otro. Iría yo, pero odio el olor a azufre. Se te pega a la ropa y no hay manera de sacarlo. A ti aún te huele el pelo –añadió, alzándose para husmearle el trigueño cabello.


-No sé qué me da más mal rollo -se planteó Gabriel-, si tú siendo amable conmigo o que ese pobre gatito esté perdido por mi culpa.


-Vamos, Gabriel, sabes que te quiero -bromeó Alexander, atusándose el pelo-. ¿O no?


-Claro que lo se -reconoció-. ¿Por qué crees que aún mantienes tu cabeza pegada al cuerpo?


-¿Ves? Ya estás de mejor humor. Oye… -le susurró y miró a todos lados para ver si alguien les prestaba atención-. ¿Por qué no creas una visión de ese gato para Cassidy? Sólo hasta mañana. Son casi las cuatro de la madrugada, debería dormir. Y no lo hará hasta que crea que lo ha encontrado.


Gabriel analizó la propuesta de Alexander, frotándose con dos dedos el puente de su pequeña nariz. La encontró acertada, pero antes de que pudiera hacer o decir nada, ambos escucharon a Cassidy. Pedía permiso a su madre para ir con Hardy a inspeccionar el resto de la casa, por si el animal había conseguido salir del salón. La señora Legrende, preocupada por que ese animal anduviera por sus aposentos, le dio permiso.


-Lo haré si a su regreso no lo han encontrado -cedió Gabriel.


Cassidy adoraba los “viajes” con Hardy. Aparecer y desparecer era lo más divertido que conocía a sus dieciocho años de vida. Al principio, él tenía que sujetar la cabeza de la chica fuertemente contra su pecho para que no se mareara. Con el tiempo se hizo una experta y le bastaba con aferrarse a su cintura. Ella se subía a los pies de él por el simple hecho de que la hacía sentirse pequeña y querida cuando Hardy la rodeaba después con su fuerte brazo. Hardy era el más dispar de todos sus guardianes. Tenía el cuerpo atlético de un surfista. Aparentaba estar cerca de los veintisiete años. Llevaba su rubia melena oscura atada en una coleta baja y siempre vestía ropa deportiva.


Hardy con su metro noventa y cinco, posó su barbilla sobre la coronilla de Cassidy, cerró los ojos y ella le imitó. Cuando volvieron a abrirlos estaban en la habitación de Cassidy en el piso superior. Ella con los ojos muy abiertos barrió con la mirada todo su cuarto. Hardy se sentó de manera desenfada sobre su cama y comenzó a jugar con el cordón de sus bermudas hawaianas.


-¿No me ayudas? -le preguntó ella, mostrándose algo enfurruñada de rodillas junto a la cama tras mirar bajo esta.

-No sabría cómo.


-Vamos, eres un vampiro de más de trescientos años -replicó Cassidy-. Sé que tenéis el oído y la visión muy agudos. Intenta ver si las cortinas o algo se mueven o si oyes otra respiración aparte de la nuestra.


-Jodo Cassidy… -se quejó él, poniéndose de pie-. Ten cuidado con esa palabra, a la gente por aquí no le gusta.


-¿Cuál, vampiro? -él asintió de espaldas a ella, haciendo que buscaba al minino-. Es lo que somos, ¿no? Bueno, lo que sois y lo que seré. Bebéis sangre humana y os mata el sol.


-Nop, jovencita. Un Vampir, no tiene alma. Nosotros sí. Ellos no se reflejan en los espejos a diferencia de nosotros. Y ante todo, la mayor diferencia: ellos matan humanos, nosotros sólo tomamos lo necesario sin hacer daño a nadie.


-No me gusta verte tan serio, ¿sabes? -le reprochó Cassidy-. No te va. Eso es más del estilo de William. -Él se encogió de hombros como si le indicara que ella le había obligado a hablar de ese modo tan poco de su estilo-. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi alocado, desafiante y divertido Hardy? –preguntó, acercándose lentamente a él. Le agarró por la camiseta blanca de algodón y le zarandeo-. Extraño ser, te exijo ahora mismo que traigas de regreso a Hardy. ¡Devuélvemelo!


Hardy se sacudió a sí mismo para dar mayor dramatismo al juego y que se viera como si Cassidy fuera capaz de vapulearle. Se dejó caer sobre la cama arrastrándola con él, mientras simulaba batirse en espasmos. Cassidy continuaba exigiendo su regreso entre risas. Las fingidas convulsiones de Hardy llegaron a su final cesando de golpe. Cassidy se alzó para mirarle el rostro a la vez que soplaba los mechones castaños que se habían soltado de su peinado, cruzándosele por la cara. Hardy salió de su catarsis con una amplia sonrisa y los parpados se aparataron de sus ojos verdes. Una locura se veía flotar en el intenso color esmeralda de éstos.


-¡Vayámonos a hacer surf! -sugirió pletórico-. Habrá unas olas tremendas ahora mismo.

-Estás loco -suspiró Cassidy, cayendo agotada sobre su pecho.


-Lo sé, pero fuiste tú la que quiso que volviera mi genuina, atrayente y loca personalidad. Venga, Cass, no me digas que no tienes ganas de salir de ese asfixiante y recargado vestido.


-¡Hey, no te metas con mi vestido! Es bonito.


-Lo será para Alexander o el romántico de Gabriel. Pero no para mí -alegó Hardy resuelto a ponerse en pie-. Para mí estarías perfecta con la parte de arriba de un bikini de flores de hibisco y unas bermudas a juego. Venga, nadie nos buscará. Todos creerán que estamos tratando de hallar al lindo mínimo.


-Pero tenemos que encontrarlo de verdad, Hardy -le recordó ella-. Otro día, ¿vale?

-Vale -cedió él, volviéndose a sentar desganado sobre la cama-. Pero no lo encontraremos aquí dentro.


Hardy le confesó en ese momento que en una visita a la nevera para coger una de sus bebidas isotónicas favoritas, encontró la puerta que daba al jardín trasero abierta. Él suponía que William había salido para fumarse uno de sus queridos y apestosos puros, habiendo olvidado cerrarla al volver. Podía haber sido su capitán o el atolondrado Gabriel al ir a echarse un pitillo. Por eso Hardy no había dicho nada. Si había sido William se culparía por su descuido y no pararía hasta encontrar al “gatito”. Si había sido Gabriel la cosa sería peor. El muchacho se torturaría sistemáticamente por su torpeza y le tendrían vagando por la casa hasta que el animal apareciese.


-Diré que he sido yo -sentenció decidida Cassidy, subiéndose a los pies de Hardy-. Que no me he acordado hasta ahora. Llévame al salón.


-¡Valla! Por un momento pensé que te había convencido de venir a hacer surf -musitó Hardy algo decepcionado.


-¿Por?

-Para ir al salón no me necesitas, Cassidy -le recordó, mirando hacia sus pies.


-Ya, pero es más emocionante así -reconoció ella, pegándose a su pecho y cerrando los ojos-. Venga, va. Pero al salón, ¡eh! -le advirtió, alzando la vista para toparse con una sonrisa sibilina de él-. Como abra los ojos y no esté en el salón, te…


-Valeeee -cedió él, aburrido.


Cuando Cassidy abrió los ojos se encontró en la puerta del salón. Nada más apartarse de Hardy, éste desapareció. Sus padres estaban tomando café con William y Alexander en la mesita de la esquina junto a la ventana. Por lo que Cassidy oía, ellos cuatro estaban hablando de los detalles de su futuro viaje turístico alrededor del mundo. Claramente, sólo Alexander podía acompañarla en las excursiones diurnas. Pues él era el único que podía soportar la luz solar, siempre y cuando no tomara su forma real.


Cassidy no pudo obviar la pose de derrota con la que Gabriel descansaba en el sofá, solo y con la mirada perdida en el crepitar de la lumbre. La chica se sentó en el brazo del sillón y llevó su mano a los rubios cabellos de su apenado guardián. Él ladeó la cara para poderla mirar con los ojos nublados, y le sonrío sin ganas. Una chispa de esperanza brilló en los azulísimos ojos de Gabriel cuando ella le anunció que creía saber dónde encontrar al felino. Cassidy se autoinculpó de haber dejado la puerta de la cocina abierta en un descuido y le animó para que la acompañara a buscarlo. Se disculparon con los demás y juntos partieron al jardín trasero.


Los aspersores acaban de terminar su trabajo y todo el césped estaba empapado. La humedad junto con el aire fresco de la madrugada hicieron que la piel de Cassidy se enfriara y se erizara. Gabriel, que siempre parecía estar en todo, se dio cuenta. Se sacó su sudadera azul de algodón con capucha, se la puso a Cassidy sobre los hombros y ella metió los brazos por las mangas. Gabriel le cerró la cremallera y le subió la capucha. Se puso frente a ella, dándole la espalda y tirando de los brazos de Cassidy, la upó para que se subiera en él a caballito. De ese modo recorrieron todo el jardín rodeando todas las fuentes y los arbustos hasta entrar en el laberinto que éstos formaban. La tierra de éste estaba seca y Gabriel descendió a Cassidy al suelo para poder buscar por separado.


Cuando había transcurrido media hora y ninguno de ellos dio con la criatura invisible, Gabriel se rindió. Miró su reloj, eran más de las cinco de la mañana. Era hora de que Cassidy se marchara a descansar y de que ellos salieran a buscar su sustento, o el sol les pillaría a todos en ayunas. Renegando para sus adentros por su torpeza, Gabriel se dispuso a concentrarse para crear una visión del gato desaparecido en la mente de la chica. Antes de que pudiera terminar de dar forma en su cabeza al felino, el rubio guardián escuchó a Cassidy chillar. No podía ser por el avistamiento del falso desaparecido animal. No había tenido tiempo de conjurarlo. ¿Había encontrado Cassidy al minino, al real?


Otro grito de la muchacha desgarró el silencio de la noche, acompañado por un estruendo de cristales. No. No era el gato lo que estaba causando esos alaridos a Cassidy. El animal podía asemejarse a una pantera negra pero aún no había cumplido los tres meses y no aparentaba ser más que un enorme gato adulto. Aquellos gritos eran a causa de un temor mayor. Gabriel recorrió el laberinto atravesando las paredes de arbustos hasta encontrar a Cassidy. Frenética, miraba en dirección a la casa por encima de los matorrales. Corría despavorida y parecía haber olvidado cuál era el camino para salir de la trampa de maleza que tantas veces había recorrido de niña hasta memorizarla.


Cuando Gabriel logró alcánzala, lo hacía con la cara y los brazos ensangrentados. Los tenía cubiertos de raspones y arañazos causados por haber traspasado los muros de vegetación en lugar de correr bordeándolos. Cassidy dio un brusco giro frente a él en busca de la salida, pero cegada con su carrera no le vio y se estampó contra él, cayendo al suelo de espaldas.


-¿Estás bien, Cassy? -se apresuró a preguntarle, al tiempo que se agachaba para ayudarla a ponerse en pie-. ¿Qué es lo que sucede?


Cassidy estaba histérica y cuando la mano de Gabriel entró en su campo de visión, toda magullada, ella se asustó. Retrocedió espantada, arrastrándose sobre su trasero, y él tuvo que perseguirla hasta que su espalda topó con una de las paredes del laberinto. Cassidy no tenía dónde huir y se cubrió la cara con los brazos, atemorizada.


-Cassidy, soy yo, Gabriel -le susurró, agachado a un metro de ella-. ¿Qué te ha asustado tanto?


La muchacha, muy despacio, apartó la barrera que había formado con sus brazos ante su rostro al reconocer la voz de su guardián.


-La casa -murmuró con la voz temblorosa.


Miró a todos lados desesperada, y un brillo chispeó en sus ojos. De repente había recordado la dirección correcta para volver a las fuentes, frente a la puerta de la cocina. Sin dar tiempo a Gabriel salió corriendo.


-¿La casa, qué? ¡Cassidy! -gritó él, persiguiéndola.


No necesitó una respuesta. El viento sopló hacia él, llevándole el aroma a madera y tela quemada. Alzó la vista como había observado que hacía Cassidy en su intento de huida hacia el exterior y lo comprendió todo. Por encima de los arbustos perfectamente recortados, una enorme columna de humo se alzaba imponente tapando la luz de la luna llena. La enorme mansión de los Legrende estaba ardiendo.

1º PREMIO PARA "GUARDIANES"

(Publicado el 30/06/10)


"Una historia es un pájaro con más de cien alas para volar..."


Con mucho cariño para los tres blogs con las historias que, en mi opinión, son tan buenas que merecen ser mucho mas reconocidas.


1.- Rito de sangre
... Tu historia me atrapa
2.- Mas que vampiros : Guardianes
...Tu historia me fascina
3.-Alas para volar.
... Tus historias son siempre increíbles


(ANGIE)






Por mi parte se lo entrego a:

1.Mosha de "Mentiras, fantasia y realidad" por "La historia de nuestras vidas".Historia con una narración muy dinamica.

2.Grexx de "Vampireville" por "Elements". Una gan historia de amor y poder.

3.Bonnie de "El rincon de Bonnie" por "Amor de altos vuelo" un fic de lo más adictivo.



Gracias a Angie del blog "Alas de cuervo" , por el primer premio que recibe "GUARDIANES". Me emocionó mucho recibirlo ya que ....bueno es el primero XD, que recibe esta historia. Muchas gracias Angie de todo corazón. Pasaros si quereis leer una gran historia: http://descubrenos.blogspot.com/



Gracias a todas mis aves nocturnas, en especial a:


EEMARIA la principal culpable de que me decidiera a empezar este proyecto(y de que siga con tantos otros) ,la que soporta mis ramalazos de dudas, mis múltiples bajones y por ser siempre la que me dice "tía pero si esta genial" logrando que todas las semanas publiques. Ahiiiss Yeclana si no fuera por ti nadie conocería a los chicos. Gracias por esas madrugadas de lectura que tanto me confortan y tu apoyo incondicional.



AURI, quien también soporta mis múltiples divagaciones e inseguridades, quien tratada con todas mis faltas de ortografía, sintaxis y un millón de fallos más, haciendo que los caps se han legibles y por siempre tenerlos a tiempo corregidos, incluso cuando sin consideración ninguna (sorry) se los entrego a ultima hora. Sevillana, gracias por esas charlas, en las que como gran artista desconocida que eres , me haces ver que no estoy tan colgada como creo, y también por soportarme. Os quiero niñas.



Y por supuestisimo muchas gracias a los que leéis la historia, seguís a los chicos y me hacéis llegar vuestras opiniones : el conjunto de todo es la gasolina que me hace arrancar.

miércoles, 5 de junio de 2013

"SIN RETORNO" 1ª PARTE, POR MONTY BROX




1ª PARTE

(Publicado el 13/11/10)

Bueno gente esta semana, ya sabíais que no tendríamos entrega de "Guardianes" pero aun así no quería que pasara un solo viernes sin dejaros algo para pasar el rato. A continuación os dejo la primera parte de un relato que presente en concurso este pasado Hallowen y que no pude mostraros antes por encontrarme a la espera del fallo del jurado. Finalmente no fue seleccionado para su publicación y por ello ahora me es posible mostrároslo. Espero os guste, aunque su temática diste bastante de lo que serian las aventuras de nuestros chicos.



Este viernes no vamos a poder entrevistar a Gabriel, por algunos problemillas técnicos.Pero queda pendiente para hacerlo muy pronto. Os avisare con antelación. Al final del relato os dejo mis respuestas a los comentarios de esta semana. Un saludo y muchos y enormes besos a todos.



*****************


El calor era abrasador, para nada lo normal en la época fluvial de la zona. Alice tenía que soportar llevar la gorra negra de felpa dentro de la recepción del hotel. La nuca y la frente comenzaban a sudarle de manera considerable. Con odio miró al ventilador del techo a través del cristal negro de sus gafas. El muy hijo de su madre no se movía, así el fin del mundo dependiera de ello.

–Fulminarlo con la mirada no le hará arrancar, señorita… –El orondo recepcionista bajó la vista hacia su carnet de identidad–… Lucia. Yo mismo probé ese truco durante las primeras dos horas, tras que dejara de funcionar unos nueve días atrás.

“Nueve días, la mitad de los que llevara sin ducharse” se planteó ella, tras dirigir la vista hacia el hombre. El sitio apestaba tanto como prometía hacerlo él. Las paredes parecían echarse sobre ella con su mohoso y ennegrecido papel pintado con más de dos décadas. El aire no corría y pesaba caluroso, hirviendo, a causa del sol de justicia que se colaba implacable por el frontal del cristal. Alice sólo podía rezar por que el hombre terminara de cumplimentar la documentación que la clasificara como: hospedada en el infirmo, antes de que la grasa que le chorreaba al susodicho del pelo negro no acabara emborronando los papeles. Eso y que las habitaciones no estuvieran ni la mitad de sucias que aquel cuchitril y su dueño.

–Señorita le importaría… –planteó el hostelero cuando ella le entregó su tarjeta de crédito, haciendo un gesto como si se quitara las gafas.

–¿De verdad es necesario? –le espetó, llegando al límite de su paciencia Alice.

–Siento incomodarla, pero necesito comprobar su identidad antes de registrarla y hacer un cargo a la tarjeta de crédito.

–Espero no necesitar nada más –refunfuñó la chica y accedió de mala gana–. Le aviso: no pienso dejar que me haga un análisis de orina y está empezando a cansarme.

Alice se retiró sus negras Armani e irguió la cabeza para que el dependiente pudiera corroborar que su rostro era el mismo que aparecía en las tarjetas. Y ahí estaba de nuevo. Esa expresión que todo buen hombre había puesto cada vez que le veía la cara, después de su último “feliz” encuentro con Ian. Feliz porque, aunque con un ojo morado, de nuevo había escapado de él. En el rostro del ahora recién descubierto buen hombre sudoroso y grasiento se veía una maldición no pronunciada. Seguramente del tipo: "Dios debería impedir que estas cosas pasaran" o "Deberían castrar a todo aquel hijo de puta capaz de poner la mano encima a una mujer".

Ese era uno de los motivos por los cuales no se quitaba los anteojos frente a nadie. Odiaba la compasión, la pena y ante todo que consideraran que necesitaba ayuda. No la necesitaba. Y sólo le faltaba que algún buen samaritano se cruzara en su camino. Pero no era lo principal. La causa más importante, por la que evitaba mostrar su rostro al completo era porque nadie olvidaba la cara de una mujer supuestamente maltratada. Y ella no quería que nadie se quedara con su cara. Razón por la cual se cubría como podía con la gorra y las gafas. Sólo necesitaba pasar desapercibida. Cosa difícil siendo una mujer, como la describían sus antiguos compañeros, de las que no pasan desapercibidas. Más cuando viajas sola, con una mochila por único equipaje, alojándote en moteles de carretera donde el principal cliente era él: hombre rudo que vive en la autopista.

–¿Todo correcto? –preguntó crispada, alzando la voz una décima más de lo que debía para que su voz no transmitiera nerviosismo.

–Señorita, se encuentra usted… –balbuceó el recepcionista, poniéndose en pie aún con sus documentos en la mano.

–Perfectamente –le atajó Alice con voz seria y rotunda, al tiempo que le arrancaba de los fláccidos dedos su carnet y la tarjeta de crédito–. Y estaré mucho mejor cuando de una vez me dé la puta llave de mi habitación.

–Aquí tiene, disculpe –se pronunció el hombre, admirando en secreto la resolución de ella. Estaba seguro de que había presentado batalla al tipejo que le había puesto el ojo a la funerala. Indudablemente con el fuerte físico que se adivinaba en ella y su más de metro setenta, el cerdo que le había puesto la mano encima no salió ileso–. No servimos comidas y deberá desalojar la habitación antes de las…

************

La frase quedó inconclusa en los resecos labios del hombre. Alice le había dado la espalda agitando la mano para silenciarle. El sonido de la puerta al cerrarse tras ella fue lo que resonó acallando las palabras del recepcionista. En silencio John quedó solo, agitando la cabeza en señal de desaprobación. No entendía cómo aquellas cosas seguían pasando por el mundo. Aquel hotelucho de carretera le había mantenido en una burbuja atemporal durante los últimos treinta años de los cincuenta con los que contaba hacía más de un mes. Pero ni siquiera antaño, había comprendido cómo un hombre que se hace llamar de ese modo sucumbía a tan viles instintos. Con lo fácil que era coger la maleta y desaparecer para siempre si la mujer en cuestión te sacaba de tus casillas. Nunca se debería llegar a tal extremo. Y la pena que él impondría a tales peleles, que no vieran una salida mejor a una mala relación… Su educación cristiana se llevaba las manos a la cabeza sólo con pensar en lo que le haría a esos seres.

No habían pasado ni treinta minutos de que la hermosa y joven mujer del ojo de mapache se había ido, cuando las campañillas plateadas que anunciaban un cliente replicaron. John no se molestó en levantar la cabeza, ponerse en pie o dar muestra alguna de educación. En sus años de profesión hostelera había llegado a una conclusión: el tipo de huésped que solía tener o no valoraba en absoluto los buenos modales o te tenía en mayor consideración y respeto si hacías gala de carecer totalmente de ellos.

–Disculpe caballero, estoy buscando a… a mi amiga… ¿Lucia Sorong?

John se puso en pie y retiró de manera brusca el libro de admisiones del mostrador, nada más que comprendió que el recién llegado le había echado el ojo. Aquel debía de ser el amoroso novio o marido que agrediera a su ahora cliente. Cuando se detuvo por un segundo a observar con detenimiento al supuesto maltratador, un ceño fruncido en señal de incomprensión se plasmó en su frente. Había esperado que el tipo fuera un pueblerino mellado o cubierto de tatuajes. Fuerte y con cara de malos humos que, o bien llevara la cabeza rapada o una mugrienta coleta. Algo que no casara nada con el supuesto refinado mundo al que pertenecía la chica. Para su sorpresa se equivocaba en casi todo. Ante él se encontraba la versión masculina de… la belleza. El hombre no pasaba de los veinticinco, veintiséis a lo sumo. Lucía una sonrisa que haría llorar a los publicistas de cualquier dentífrico, con la que sería la dentadura/santo grial del más afanado dentista. Bordeando el conjunto unos labios, de un rosa natural y grosor, que cualquier mujer desearía para sí misma. Flanqueados por dos profundos hoyuelos como pozos.

Ojos azul mar caribeño, lustroso y limpio pelo trigueño moldeado con gel en su justa medida, barba de dos días muy bien delineada, metro noventa de estatura, cuerpo fornido libre cien por cien de grasa… "¿Pues no va ser verdad que exciten esta clase de hombres?"; se planteó petrificado por la sorpresa John. El tipo debía de andarse con cuidado y no internarse en el pueblo. Los hombres de la villa llevaban muy mal la presencia de forasteros. Pero si además iban proclamando a gritos que los hombres de las campañas de Calvin Klein eran reales y palpables a ojos de sus mujeres…, más le valía al señorito Adonis saber usar más que correctamente aquellos formidables músculos o era hombre muerto.

–Disculpe, caballero –sacó el rubio de su catarsis a John meneando la mano con cara simpática ante sus ojos–. ¿En qué habitación puedo encontrar a Lucia?

John se sonrío victorioso, al saber que había retirado en el momento justo el cuaderno de inscripciones, al tiempo que recordaba qué clase de “caballero” tenía ante él. Se iba a librar de una de las clases de civismo que impartía John en su juventud a base de puñetazos, porque su desventaja era clara. Los años no sólo le habían hecho adquirir una enorme barriga, sino que también le pesaban como losas sobre los hombros, apagando su bravuconería al compararse con el joven chico.

Por ello, antes de pronunciarse descolgó el teléfono que estaba en la repisa inferior del mostrador y preparó su dedo para que cayera en el momento preciso sobre la tecla de marcación rápida con la comisaría.

–Aquí no les tenemos mucho aprecio a los… –simuló pensar mientras anclaba sus manos sobre la encimera y se erguía con la mirada fiera clavada en los azules ojos de su “cliente”– personajes que gustan de imponer maquillaje para ocular a las señoritas. ¿No sé si me he explicado con suficiente claridad?

–¡¿Perdone?! –exclamó el joven, con una perfecta expresión de confusión que se deshizo rápidamente–. ¡No, por Dios…! Usted… Usted piensa que yo le hice eso a Lucy. ¡Por favor, no! ¿Cómo puede creer…? –Si no estaba siendo sincero, deberían darle un Oscar, porque para John la actuación entre sorprendido y tremendamente ofendido que le estaba escenificando el chaval no era para menos–. He venido para ayudarla. Su novio le quitó el teléfono y me llamó desde una cabina diciéndome dónde podría encontrarla. He venido para llevármela bien lejos de ese… –Los puños del rubio golpearon sin previo aviso el mostrador antes de que hablara en voz baja como si intentara contener su ira– …mal nacido.

********

La lluvia comenzó en tropel en el momento justo en el que Alice dejaba caer al suelo los polvorientos vaqueros grises. No le pareció mal momento para que las nubes se decidieran a comportarse como era su costumbre por aquellas fechas en aquellos parajes. Ella ya se encontraba a resguardo de las torrenciales aguas y lista para una larguísima ducha, que sentía más necesaria incluso que seguir respirando. Sin dilación se metió en la bañera y se colocó bajo el potente chorro de agua fría. Después de unos minutos se sintió revitalizada y cambió la temperatura para que el H20 cálido la relajara, ayudándola a dormir. Eran las cuatro de la tarde pero, con ayuda de las tupidas cortinas y ahora el manto de nubes que cubría el cielo, la luz solar no sería un impedimento. Llevaba más de doce horas de conducción y tenía intención de dormir de continuo otras tantas. Se lo había ganado, después de varios días sin pegar ojo.

–¡Lucy querida, ya estoy en casa!

Reconocería aquella cantarina voz entre un tumulto de mil personas cantando al mismo tiempo. Su primer impulso fue erguirse como el palo de una escoba. El segundo buscar una salida. "mierda"; sentenció. La puñetera ventana no dejaría salir por ella ni a un bebé lactante. Era tan diminuta que ni cortada en cachitos podría pasar por ella. Se impuso calma y corrió a agacharse para recoger sus ropas del suelo. Pero… No lo hizo. Se ajustó la toalla blanca al pecho y se soltó la que llevaba en la cabeza, dejando suelto su pelo castaño, que aún mojado le llegaba por la cintura.

–¿No vas a salir para darme un besito de bienvenida querida?

Suspirando Alice en caminó sus pasos a la habitación. Ian se encontraba sentado en el borde de la cama de matrimonio, hurgando en su bolsa de mano. Nada más sentirla alzó la cabeza hacia ella y se quedó mirándola con la boca abierta. "misón conseguida"; se felicitó Alice para sus adentros. Sin tardar en blasfemar del mismo modo. Ian no necesitaba una puesta en escena para dejarla babeando. El muy puñetero estaba tan bueno que ya se podría cubrir de estiércol y paja que a ella le cortaría la respiración del mismo modo.

–Por fin juntos y… solos, de nuevo, querida Lucy –celebró Ian, usando el nombre falso de ella con recochineo–. Cuánto te he echado de menos.

–Sólo hace dos días que nos vimos, Ian. No seas melodramático –suspiró ella, siguiéndole la broma. Con un gesto de cabeza señaló sus ropas sobre la colcha de la cama.

–Adelante, querida –concedió Ian con una gran sonrisa.

Alice recogió su montoncito de prendas perfectamente dobladas. Demasiado perfectamente para que hubiera sido ella quien las doblara. Por eso supo que él las había registrado. También tomó el macuto de piel y se dirigió al cuarto de baño. Tras encerrarse se vistió con las últimas ropas limpias que le quedaban, los vaqueros negros y la camiseta verde de tirantes. Rebuscó en la mochila y tras comprobar que el cargador de su pistola estaba vacío, como no podía ser de otro modo, y que no había quedado ningún cargador en ella, se guardó el arma en la parte trasera de la cinturilla del pantalón. Una pistola no sólo era útil si tenía balas. Bien lo sabía ella.

–Menuda desilusión –bufó Ian recostado sobre el cabecero de la cama al verla salir.

–¿Qué? –espetó ella, mirándose las ropas.

–No vamos a ningún lado, querida. Podías haberte puesto algo más cómodo o mejor… nada. Conozco tus hábitos y es tu hora de dormir. Más o menos hasta las cuatro de la mañana.

–Siempre y cuando no tenga visita –rebatió ella, intentando que pareciera que por lo único que le molestaba la presencia de Ian era porque le había jodido la siesta–. Y te aseguro que no permaneceremos juntos mucho tiempo. El recepcionista es un buen hombre. Tarde o temprano vendrá a comprobar que estoy bien.

–No quieres pasar la noche conmigo –reconoció él, simulando estar defraudado.

Ella estaba sentada al borde de la cama, agachada, mientras se calzaba las botas. Ian gateó por el colchón. Situándose a su espalda se sentó, dejándola a ella entre sus enormes y fuertes muslos. Le retiró el pelo húmedo del hombro y posó la barbilla en él. Alice tuvo que respirar entre dientes para contener el escalofrío que sintió cuando la mejilla de él rozó la suya, sensualmente rasposa por la barba de dos días.

–Yo pensé que te gustaba –ronroneó él muy cerca de su oreja.

–Todos creéis lo mismo y ninguno acertáis… jamás.

–Eres mala –le susurró al oído. El aliento de él al rozar el lóbulo de su oreja la hizo estremecerse–. Las niñas malas no van al cielo, ¿sabes?

–Pero menos ahí, vamos a cualquier parte –rebatió ella, apretando la mandíbula. ¿Por qué tenían que mandarlo a él? ¡Joder!–. Me alégrela haberte visto, pero… ya va siendo hora de que me marche.

Alice trató de ponerse en pie pero él se lo impidió asiéndola por la cintura con sus robustos brazos. Sin dejarse llevar por la tentación de parar a recrearse en el tacto de la piel de Ian, Alice echó la cabeza hacia atrás con todas sus fuerzas. Dándole un cabezazo en toda la mandíbula. Ian emitió un bajo gruñido y apretando más su amarre la hizo girar entre sus brazos para que quedaran enfrentados. Fue un error por su parte. Tendidos en la cama uno encima del otro, ella le asestó un rodillazo en la entrepierna y luchó por soltarse. Al no lograrlo aprovechó que él contenía un grito de dolor con los ojos cerrados para morderle una mejilla con todas sus fuerzas. Ian se zarandeó hasta que ella le soltó la cara. Pero con un rápido movimiento se ancló con los dientes al grueso labio inferior de él.

Ian en lugar de zafarse se quedó muy quieto. Luchar le había servido de poco con el anterior mordisco. Ella abrió los ojos, incrédula ante su rendición, pero no soltó su presa. La estaba retando. ¿Sabría Ian lo acertado que había sido para la corporación que lo mandaran precisamente a él? No, no podía saberlo. Pero entonces, ¿por qué se mantenía inmóvil mientras ella hacía presión con sus dientes hasta que un hilillo de sangre brotó de su boca? ¿Por qué la estaba besando ahora, volviéndola loca, haciendo que estuviera a punto de olvidarse por qué estaba él allí? Estaba claro. Porque era un presuntuoso como todos los hombres de su condición física. Y un profesional como la copa de un pino. Cosa que descubrió con tristeza, mientras se recriminaba a sí misma por caer en tal truco, al oír y sentir unas esposas cernirse sobre sus manos. Él se las había llevado unidas a las suyas sobre su cabeza y ella como una tonta se había dejado hacer. En un rápido y certero moviendo Ian rodó dejándola a ella bajo el peso de su cuerpo.

–Estás perdiendo facultades, Lucy –le reprochó, moviendo la cabeza, apoyado sobre sus codos–. En cuanto al casero, como tú has dicho es un buen hombre. Y no querrás que un buen hombre se vea mezclado en nuestros asuntos, ¿verdad?

–¿Le matarías? –preguntó Alice indignada al presuponer que Ian sería capaz.

–¿Y tú me lo preguntas? –la recriminó ofendido–. Hace dos días me apuntabas con un arma a la cabeza. Y… ¡Disparaste! Fallando por muy poco. Cosa que reafirma que estás perdiendo cualidades.

–No me gusta hacer daño a nadie gratuitamente.

–Y por lo visto últimamente ni tan gratuitamente –reprochó él, levantándose de encima de ella–. Pero no dudas en apuntar y descargar un arma sobre un viejo amigo. Eso me llegó al alma –se quejó, haciéndose el dolido, mientras tomaba el mando a distancia de encima de la tele y se sentaba en la esquina más cercana a esta.

****************

Pasaron dos horas en silencio. Ian hacía zapping por los pocos canales gratuitos, sentado en el suelo con la espalda apoyada en los pies del colchón. Alice se había rendido, de momento, y estaba dormida apoyada en el cabecero. Unos nudillos golpearon la puerta desde el exterior en una llamada que pretendía ser respetuosa, pero que sonó tan fuerte que hizo que Alice se despertada dando un brinco. Ian se desperezó y antes de abrir la puerta cubrió las manos esposadas de ella con el lado contrario del cobertor verde de la cama sobre el que descansaba la chica.

–Recuerda tu máxima: "ni una muerte gratis"; –le susurró y fue a la puerta.

Como ella había anunciado, el caritativo hostelero quería comprobar que todo iba bien. Que Dios nos libre de los buenos samaritanos, renegó Alice para sí misma. Si aquel gordo señor no hubiera dado signos de decencia no habría dudado ni por un segundo en usarlo para intentar huir. Pero su maldito código personal… "Tantos escrúpulos acabarán siendo la tierra que caiga sobre tu tumba cualquier día, nena"; recordó que Lexy la había advertido. Quizás había llegado el día en que el aviso de su difunta compañera de oficio se hacía real. Pero a Lexy tampoco le salvó la vida carecer de principios mínimos.

Ian abrió la puerta de par en par para que John pudiera comprobar con sus propios ojos que su tierna “Lucia” se encontraba a salvo y no junto a su supuesto maltratador novio. Siempre con una sonrisa encantadora, Ian le dio charla amablemente al recepcionista hasta que quedó seguro de que la cosa iba bien. Algo avergonzado al creer que había juzgado mal al joven, John se disculpó por el ruido constante de la habitación contigua. Ofreciéndose a llamar la atención a los ocupantes si les estaban molestando en demasía. Él había visto solo al hombre que había pagado por adelantado. Pero al parecer ahora tenía compañía y se lo debían de estar pasando de lo lindo. Adormilada, Alice, se daba cuenta en ese momento de que estaban hablando. Por la pared opuesta a la que estaba la cama se filtraba un rítmico golpeteo. Ian llevaba oyéndolo alrededor de una hora.

–No se moleste, caballero –lo animó Ian con una sonrisa pícara–. Aún es pronto. Y al ritmo de desgaste que llevan esos dos, no duraran hasta la noche. Además son muy silenciosos. Lo único que se escucha es el golpeteo de la cama contra la pared.

–No hay mérito. Los hombres no somos de mucho… de muchas palabras, en según qué momentos. –John miró cohibido a Alice y sonrojado agachó el rostro–. Y su acompañante sin duda alguna ha de ser una profesional. Usted ya me entiende. –En ese punto el hombre bajó la voz y se llevó una mano temblorosa al negro pelo–. Pero aun así les pediré que retiren un poco la cama de la pared. Una señorita como la que le acompaña a usted no tiene por qué…

–Por nosotros no se preocupe, de verdad –le interrumpió Ian y lo imitó, bajando el tono al tiempo que le tomaba del brazo–. Razón de más para no interrumpir al otro caballero, si quien le acompaña está realizando un trabajo. Tengo entendido que esas señoritas cobran por horas.

John poco convencido dio un par de cabezazos asintiendo, y tras rogarles que le informaran si empezaban a sentirse incómodos con los sonidos del amor de pago de sus vecinos, se marchó. "Claro que lo tiene entendido"; refunfuñó para sus adentros John. Estaba seguro de que aquel niño bonito jamás había tenido que pagar por un desahogo. Era más, se jugaba su mano derecha a que alguna vez en su vida, Ian, incluso había recibido ofertas para que fuera él quien brindara su “cariño” a alguna mujer.

***************

La noche cayó e Ian comprobó que estaba equivocado. El tipo de al lado y quien le acompañaba tuvieron aguante más que suficiente como para seguir toda la tarde hasta que el sol dio paso a la luna. El golpeteo era constante y continuo, como la lluvia que caía sin cesar. No se había escuchado ni un solo jadeo en todo el tiempo y, salvo por la voz del hombre en susurros breves, no se había oído otra cosa. De seguro la chica era una profesional y el tío un sieso, pensó asqueado Ian y apenado por la forma en la que la mujer tenía que ganarse la vida.

–Siento lo del ojo –musitó él, conmovido por un momento al pensar en lo triste que a veces eran las vidas de las mujeres con profesión poco convencionales.

Estaba sentado a los pies del colchón dando la espalda a Alice, que estaba apoyada en el cabecero con las piernas estiradas a lo largo de la cama. Ella, para incomodarlo y por pura diversión o aburrimiento, había estado hasta el momento dándole golpecitos con la punta de los dedos de los pies en la parte baja y trasera de la cadera. En ese momento sin darse cuenta había sincronizado sus toquecitos con el ritmo de la pareja de amantes vecinos. Paró de pasar las ajadas páginas de la revista de moda que había encontrado en el fondo de su mochila y cesó en seco de mover los pies. Despacito alzó la vista para mirar a los ojos a Ian. Parecía sincero y realmente arrepentido. La tristeza y el pesar, que se mecía en el agua intensamente azul de estos, la hizo estremecer y por un nanosegundo deseó abrazarle. Rápidamente recordó por qué estaban allí y se odió a sí misma por ser tan blanda.

–No aparentabas sentirlo cuando me arreaste –le gruñó de forma baja e inició de nuevo la tarea de pasar páginas de la revista y darle golpecitos con los pies.

–¿Qué querías que hiciera? –la retó a responder, levantándose el polo blanco y mostrándole un moretón que le cubría casi todas las costillas.

Alice hizo ver que le ignoraba y siguió con las dos únicas actividades de la tarde. Página, toquecito, página, toquecito. Intentando controlar un ramalazo de furia, Ian la tomó con fuerza de uno de los tobillos y puso la planta del pie descalzo de ella sobre la marca de su costado. Casaban a la perfección.

–¿Mirar para otro lado? –sugirió ella, apretando los dientes y dando un tirón para soltarse sin lograrlo–. ¿Hacer como que no me habías visto? ¿Volver a casa y decir que no me encontraste? Y luego eres tú quien me habla de compañerismo –le gruñó, tirando de su pierna con más fuerza–. Te reconcome lo del ojo. Pues no importará una mierda cuando me entregues. Sólo intento salvar la vida. Me llevas a una muerte segura.

Estando allí en silencio, con Ian viendo la tele y ella ojeando una revista en una tarde lluviosa, casi había olvidado por momentos la realidad. Él no era su novio, ni su amigo, no estaban de vacaciones. Sus manos esposadas eran una clara señal. Mañana al amanecer no partirían hacia algún paraje hermoso de excursión, tras haber estado toda la noche cobijados juntos bajo las sábanas después de una maratón de buen sexo. Tenía que escapar como fuera.

Con tal fin en mente, Alice dejó de intentar soltarse para con todas sus fuerzas golpear de nuevo a Ian en las costillas con el pie que él aún mantenía pegado a estas. Antes de doblarse de dolor Ian la atrajo con fuerza hacia él, llevándosela en su caída al suelo. Ella se revolvió y trató de huir de él a gatas por la ennegrecida y roída moqueta verde. Ian la arrastró de nuevo y después se dejó caer con todo el peso de su cuerpo sobre ella.

–No vas a morir –le ladró aún jadeando de dolor–. Él no te quiere muerta. Pero no puedo decir lo mismo de mí. Si vuelvo sin ti será lo último que haga.

–¿Eso te ha dicho? –preguntó ella con la voz entrecortada, retorciéndose bajo él. Sin apenas aliento Ian asintió y ella soltó una amarga risotada antes de hablar–. ¿Y tú le has creído o sólo pretendes que te crea yo?

–Las dos cosas.

–¿Qué te ofendería más –quiso saber ella, cínica– que no te creyera o que pensara que eres gilipollas por tragarte tal cosa?

–Las dos cosas –repitió él con una sonrisilla y un jadeo pues Alice no dejaba de resistirse a su peso.

–Antes que yo hubo otras –recordó con amargura Alice–. Seguro que a Lexy le dijeron lo mismo antes de llevarla de nuevo con él cuando trató de escapar. ¿Por qué iba a ser diferente conmigo?

El silencio se hizo atronador. Sólo se escuchaban sus trabajosas respiraciones y el golpeteo incesante proveniente de la otra habitación. Ian clavó con odio su mirada en los verdosos ojos de ella. ¿De verdad que ella ignoraba por qué su caso era diferente o estaba jugando con él? Estaba jugando con él, seguro. Y aquella certeza le dolía más que sus recientemente re-maltratadas costillas. El aliento de Alice tan cerca de su boca le estaba quemando como fuego que se expandía por toda su piel. El verla sonrojada por el forcejo bajo él, con el pelo enredado y los labios incitantemente entreabiertos, le estaba volviendo loco. Alice le sostenía la mirada con soberbia, como si le hubiera pillado en un renuncio. Entonces cayó en la cuenta. No lo sabía. Ella pensaba que le había dejado sin réplica posible. Ignoraba por completo la desigualdad entre ella y su compañera muerta por negarse a cumplir con su trabajo. ¿Cómo se podía ser tan ingenua y sobrevivir en su mundo tanto tiempo? Maldita sea, esa ingenuidad, o pureza de corazón, era la culpable de que ambos estuvieran allí. Encabronado se levantó y tirando de las manos de ella la ayudó a ponerse en pie.

–Porque está enamorado de ti –musitó él, alejándose hacia la puerta. Se detuvo frente a esta antes de abrir y de espaldas añadió en tono bajo–: Como todo el jodido mundo a tu alrededor. Pero estás tan ciega…, que de verdad conseguirás que te maten.

Sin volverse para mirarla salió dando un portazo. Una vez en el exterior se dejó caer contra la puerta. Alzó la cara cubierta por ambas manos y se la frotó enérgicamente. Suspiró de manera sonora y le endiñó una patada a la puerta con la planta del pie. La lluvia caía a raudales más allá del porche que protegía el pasillo de puertas del resto de los dormitorios. No se veía a más de un metro, excepto cuando algún rayo iluminaba con un estruendo todo el aparcamiento. Había varios camiones de distintos tamaños, dos furgonetas de reparto y su Audi S5 negro. Al menos Alice había sido lo suficientemente avispada de no dejar allí delante su coche. Descuido que sí que le habría preocupado más que el hecho de que errara en un disparo hacia él.

***************

El sonido del agua al caer y el aire fresco lo habría calmado. Pero el continuo soniquete de la habitación contigua era también audible en la calle. Y realmente ya empezaba a sacarle de sus casillas. Sacando fuera toda su frustración golpeó con fuerza la puerta de su ruidoso vecino. La actividad cesó en ese instante, el sonido de la lluvia reinó. Ian iba a marchase pensando que con la advertencia de que estaba molestando a la pareja le había bastado para pillar la indirecta. La puerta se abrió justo en el momento que él iba a regresar a su propio cuarto.

–¿Qué quieres? –le desafió una voz grave, con tono de muy pocos amigos y menos educación.

Ian tuvo que levantar la barbilla para ver los ojos de aquel hombre. Esto le hizo alzar las cejas por la sorpresa. Con su metro noventa, pocas veces se había visto en la necesidad de hacer tal cosa. El tipo no era un tipo. Era una jodida montaña, y le extrañó no encontrar nieve en su coronilla encontrándose a tal altura. Era tan ancho como el quicio de la puerta. De pezón a pezón en su pecho descubierto cruzaba una cadena anclada a dos aros. Su cabeza era una bola de billar, en la que nacía una cicatriz horrendamente ancha que le bajaba por la frente, le cruzaba un ojo ciego, que había perdido todo color, y terminaba en su labio superior deformándoselo de manera siniestra. A Ian no le extrañó que aquel ser tuviera que pagar por sexo y que aprovechara hasta el último minuto. Tenía que serle imposible dar con una mujer decente que se acercara a él en lugar de correr despavorida en dirección contraria. Y tampoco le resultaría nada fácil encontrar una puta tan necesitada como para tomarle por cliente. El personaje era horrible y bajo la luz de los rayos… Si Ian no fuera como era y su oficio no le hubiera demostrado en multitud de ocasiones que el león no suele ser tan fiero como se ve…, habría salido corriendo a cambiarse los calzoncillos.

–Disculpe que le moleste, caballero –atinó a decir tras que el último relámpago dejara de resonar–. Mi compañera y yo estamos hospedados en este otro dormitorio y me preguntaba si sería posible… Bueno, quizás sea buen momento para darle un descanso a su amiga. No sé, sólo unos quince o veinte minutos seguidos. El tiempo justo para que nos quedemos dormidos.

El hombre le miró directamente a los ojos desafiante, con una sonrisa desagradable a más no poder. Mientras Ian intentaba concentrase sólo en mirarle el negro ojo sano, le devolvió su sonrisa usando el modelo pícaro: hablando entre hombres. Lamentaba no tener cargada la pistola que ocultaba en la cinturilla de sus vaqueros desgastados. Pero estando cerca de Alice no se podía permitir tal lujo. De haber tenido sólo una bala en la recámara le habría enseñado a aquel montón de mierda que a él no se le miraba de aquel modo. No es que pretendiera dispararle. Con el simple hecho de haber demostrado sus cojones encañonándola contra la sien de aquella mole, le hubiera bastado para bajarle los humos. Pero tampoco se fiaba de marcarse un farolón con semejante ejemplar.

Sin borrar su siniestra sonrisa de la cara, ni retirar su inquietante mirada, el hombre le cerró la puerta en las narices. Bueno, él ya había entregado el mensaje. Ya vería si no tenía que volver para recalcarlo. Antes de hacerlo se encargaría de pasar por la habitación que él había reservado aparte, para mantener sus cosas: las balas, las llaves del coche y de las esposas, lejos del alcance de Alice.

De regreso a su dormitorio encontró que Alice había revuelto toda la habitación. Sin duda alguna tratando de encontrar todo lo que a buen recaudo había guardado bien lejos de ella. Ian meneó la cabeza con pesar encogiendo un extremo de sus labios. Realmente le consideraba idiota. Extrañamente aquello le consoló. Pues acababa de descubrir que le ofendería más que ella desconfiara de él a que le creyera gilipollas. Ahora ella estaba rendida, sentada con las piernas a lo buda en el suelo del centro de la habitación.

–¿Por qué me miras de ese modo? –le exigió, poniéndose en pie para sentarse en la cama contra el cabecero.

–¿Cómo se supone que te estoy mirando? –respondió Ian, quitando la expresión de imbécil que sabía tenía impresa en la cara, antes de sentarse en la butaca de roída pana marrón junto a la ventana.

–Como si esperaras que mi último deseo fuera echar un polvo. –Él río ante su bravuconada–. ¿Ves? Pues olvídalo, no estoy de humor. Y aunque lo estuviera, no creas que estoy tan desesperada como para tirarme a los brazos de mi verdugo.

–Una pena, entonces –suspiró Ian antes de ir al baño y hablarle desde allí mientras se lavaba los dientes–. Además, en este caso yo no soy tu verdugo. Y no sólo por el detallito de que nadie va a matarte –le recordó, asomándose por la puerta con el cepillo en la boca, para volver a desaparecer. Alice lo escuchó escupir y enjuagarse–. El verdugo es el que da fin a una vida y en este caso…

–Corta el rollo, Ian. Ya sé la diferencia. Tú sólo me estás entregando –canturreó ella con recochineo–. No serás quien me mate, pero serás igual de culpable.

Cuando Ian volvió al dormitorio la vio limpiarse el rostro. Saber que alguien tan fuerte y valerosa como tenía que ser cualquiera que hubiera elegido la vida de ella estaba asustada hasta el punto de llorar le hundió en la más absoluta miseria. Tomó asiento junto a ella. Sin atreverse a limpiarle las lágrimas o dar signo alguno de conmoción, pues en su mundo hubiera sido una ofensa pensar que ella necesitaba consuelo, habló.

–¿Sabes por qué me eligió a mí para llevarte de vuelta?

– Me lo he preguntado a cada minuto desde que andas tras de mí –reconoció Alice, sorbiendo por la nariz.

–Porque soy el único al que sabe incapaz de hacerte daño, más allá de lo puramente necesario –susurró, mostrando el dolor de corazón que le causaba el moretón que le había dejado en el ojo, al tiempo que se lo acariciaba de manera casi imperceptible con el índice–. No te quiere muerta. Alice, créeme.

–Yo a ti te creo –rebatió ella, y antes de continuar se alejó de él todo lo que pudo para tumbarse de costado, dándole la espalda–. Te creo un gilipollas por creerle. Claro que no quiere que llegue muerta. Eso es algo que él prefiere hacer con sus propias manos.

–Alice, yo…

–Cállate de una puta vez, Ian. No quiero oírte.

************

Hablarle de aquella manera le escocía más que el golpearle. El muy hijo de puta de su jefe estaba usando lo que fuera que había visto que existía entre los dos, y que ella comenzaba a vislumbrar, para asegurase de que sus órdenes se cumplían. El muy cerdo se había dado cuenta de que ella sería incapaz de matarle para salvar su propia vida. Y él no la dejaría escapar por el miedo a que mandaran a otro que no le tuviera tanto aprecio. Por eso había elegido a Ian.

Por todo lo sagrado, su vida era un auténtico asco. En una realidad paralela su otra “yo” disfrutaba de lo lindo de la situación. Le hablaría a Ian con la voz melosa que siempre pugnaba por salir de ella cada vez que lo tenía cerca, en lugar de verse obligada a maltratarle física y verbalmente para poder salvar la vida. La otra Alice habría retozado con él durante un buen rato y en ese preciso momento estaría sobre o bajo él, eso era indistinto, disfrutando de aquel cuerpazo fabricado para el pecado, el deleite y la perdición de cualquier mujer heterosexual u hombre homosexual. Pero no, ella tenía que mantenerse alejada. Su vida además de un asco era injusta, una mierda. Lo único que la consolaba de todo aquello es que pronto se acabaría. "Nada nena, lo mismo en tu reencarnación tienes más suerte y naces escoba";

Lo más gracioso de todo era que, mientras ella seguía lamentándose en silencio, Ian hacía lo mismo con similares pesares. Añadiendo que tendría que tumbarse en el suelo con sólo una toalla doblada bajo la cabeza, para que su sueño no fuera excesivamente profundo y poder percibir cualquier movimiento sospechoso de Alice si trataba de escapar. Más que gustoso la dejaría hacerlo. Confiaba con toda su alma en la palabra de su jefe de que no la mataría. Pero aun así sabía que su recibimiento estaría lejos de ser algo agradable. Lo único que le mantenía en aquella misión que le revolvía las entrañas era la certeza de que si era necesario mandar a otro en busca de Alice… El acabaría muerto y ella se revolvería, del mismo modo que había hecho con él, contra cualquiera que intentara regresarla a casa. Cualquiera, excepto el propio Ian, hubiera encontrado una minucia no cumplir con la cláusula que exigía el gran jefe de entregársela aún respirando.

–¿Me las quitarás para dormir? –preguntó Alice.

Su voz sonó cansada y derrotada. Se había girado sobre el costado, mostrándole las manos esposadas nada más que Ian se había echado en el suelo.

–Puedo esposarte al cabecero –sugirió, incorporándose–. Cambiártelas a los pies, tienes los tobillos finos. Eso o esposarte a mí si no te importa que compartamos cama.

En su voz no hubo ni un sutil deje de picardía. Se estaba ofreciendo de manera honorable, sus azules ojos se lo decían. No era un farol o una burla sinuosa. Sólo quería ofrecerle optativas que la hicieran dormir con mayor comodidad. Eso mandó el alma de Alice directamente al fondo de sus pies. Su cara palideció y se forzó a ser desagradable. Por mucho que la perspectiva de tenerle tendido cerca de ella le tentase. Sus planes requerían libertad de movimientos.

–Ni en tus mejores sueños, chaval. Déjalo, así estoy bien. Que descases –le deseó de mala gana, añadiendo antes de cerrar los ojos de cara a él–: Si es que la conciencia te deja, camarada.

Antes de hacerse la dormida se besó el tatuaje con forma de estrella con una insignia japonesa del interior de su muñeca. Se lo mostró a Ian de manera significativa y después metió las manos bajo la almohada. El chico se frotó la marca gemela de su propia muñeca y se acercó la lámpara de mesa un poco más a la toalla blanca que usaría de almohada, antes de recostarse en el suelo.

****************


“Cara cortada” al otro lado de la pared seguía dándole marcha a su cuerpo. En realidad había vuelto a las andadas sólo cinco minutos después de que Ian le llamara la atención y no había parado desde entonces. Cansado y asqueado, decidió darle una segunda advertencia, aprovechando para desquitarse con él del mal genio que le provocaba su peor suerte. Aporreó de nuevo la puerta del gigante verde. Pero esta vez el ruido rítmico no cesó. Se acentúo, se volvió más rápido, violento y exigente. Al parecer el ciclope había elegido el mismo momento que él para salir, para empezar un sprint final. Eso era demasiado. Ian habría matado a cualquiera que le interrumpiera en ese oportuno instante. Iría a ver al casero. Que se comiera el buen hombre el marrón. Ese era uno de sus cometidos, ¿no?

Llegó a la recepción protegido de la lluvia por el tejadillo que ésta golpeaba sin piedad. Entró y le comentó a John su problema, bromeando sobre que era sobrehumano el aguante de aquel tipo, mientras le comentaba lo extraño que le parecía que el ruido del cabecero de la otra habitación se filtrara con tanta claridad y rotundidad. Él mismo había podido comprobar por la pequeña abertura de la puerta, que estaba situada en la pared que no compartían. Al otro extremo del dormitorio. Si para ellos era molesto, no quería ni pensar la tortura que estarían sufriendo los vecinos de ese lado.

John saliendo de detrás del mostrador le aseguró que se encargaría de arreglar la situación y lo dejó solo en la recepción. En ella había varias maquinas expendedoras e Ian se entretuvo en sacar un surtido variado de golosinas y refrescos. Alice no dormía, eso él bien lo sabía. De repente su consciencia le fustigó, haciendo que se gastara hasta la última moneda. Llevaba encerrado horas con Alice, de seguro ella no había almorzado y su aparición la había forzado a saltarse también la cena.

De camino a la habitación, Ian se cruzó con John, que le aseguró que no serían molestados de nuevo y que de no ser de ese modo le avisaran. Aquel tipo era de lo más desagradable y encantado llamaría a quien estuviera de guardia en la comisaría si era necesario. Sus clientes tenían total libertad de hacer lo que le viniera en gana en sus dormitorios, excepto molestar al resto. Dándole las gracias Ian se despidió y entró en su cuarto. Alice continuaba bajo su fingido sueño y no pareció inmutarse con su cercanía cuando dejó sobre la colcha de la cama parte del botín sustraído a las máquinas de refrigerios de la recepción. Con un suspiro cansado, Ian volvió a sentarse en el suelo y dio buena cuenta de los sucedáneos de alimento que se guardó para sí mismo. No fue hasta que él terminó y se recostó cerrando los ojos, que escuchó a Alice abrir una lata de cola y una bolsa de patatas. Oyéndola comer se quedó dormido.

***************

Alice tenía un hambre descomunal pero se obligó a parar de ingerir aperitivos mucho antes de que estuviera saciada. Aquellas malditas cosas eran muy ruidosas y si seguía Ian jamás entraría en una fase de sueño más profunda. Le había estado observando y controlando su respiración hasta quedar segura de que estaba dándose un viajecito con Morfeo. Con todo el sigilo del cual se enorgullecía de poseer, Alice bajó de la cama y se acuclilló junto a la cabeza de Ian. Se dio unos segundos para observar su rostro. El muy puñetero era perfecto. El gesto de preocupación y seriedad que embargaba su cara durmiente, era tiernamente cómico. Pues con sus facciones angelicales parecía un bebé enfurruñado. Era algo antinatural. Aquella cara no había sido creada para adoptar tales expresiones. Se asemejaba demasiado a un niño obstinado que se reconcome la cabeza para resolver un problema de matemáticas de tres cursos superiores al suyo. Y ella estaba a punto de convertirse en la malvada madrastra del cuento que le castigaba físicamente por ser incapaz de resolver algo que por mucho que él se esforzara en resolver quedaba muy lejos de sus posibilidades el hacerlo. "Odio ser la mala de los cuentos cuando no me pagan por ello",se lamentó Alice para sus adentros, forzándose a apartar la vista de Ian antes de verse arrastrada por la tentación a acariciarle el pelo. Cosa que sin duda alguna le despertaría.

Alice se giró sobre sí misma despacio, para comprobar la hora en el reloj de la mesita de noche: la una de la madrugada. Sin necesidad de levantarse para correr las cortinas supo que estaba lloviendo a mares. Tal y como había estado haciéndolo desde que se metiera en la ducha hacía tantas horas. El sonido de ésta mojando el asfalto, orquestado con el de los vecinos dándose placer, era la única confirmación que necesitaba. Atrapando un suspiro de pesar en su garganta Alice se animó a actuar. Levantó con cuidado la lamparita que Ian había dejado junto a su cabeza, encendida, derramando la débil luz sobre sus párpados. La alzó con ambas manos por encima de la suya y con un golpe seco la impactó contra la cabeza de Ian, sólo un segundo después de que los ojos de él parecieran intentar abrirse. La habitación quedó totalmente a oscuras. Alice contuvo la respiración un par de segundos, esperando con el corazón encogido a que Ian la atacara. Pero no lo hizo. Aterrada por la posibilidad de haber invertido demasiada fuerza en el golpe, buscó a tientas su mano por la moqueta. Cuando la halló le comprobó el pulso. Sólo entonces respiró dejando escapar un jadeo por el alivio. Estaba vivo. Inconsciente, pero vivo.

A toda velocidad encendió la luz general del dormitorio. Comprobó que la cerámica, de la que estaba hecho el hortera jarrón que había servido de pie para la lámpara, no hubiera lacerado la piel del hermoso rostro de Ian al hacerse pedazos con el impacto. Los recogió del suelo. Pues no quería que Ian se cortara la planta de los pies cuando se despertara descalzo y procedió a… descalzarle. Le registró los bolsillos. En ellos encontró la llave de su habitación y otra muy similar pero sin llavero que indicara a qué habitación pertenecía. Chico listo, él sabía que no iría de dormitorio en dormitorio probando la llave hasta dar con el adecuado. Pero en lo que no había pensado era en John. Alice era consciente de que ella había conmovido al casero. Podía inventarse cualquier lacrimógena excusa para que el recepcionista le dijera el número correcto. Aunque si aparecía esposada éste llamaría a la policía y… eso no era buena idea. “Mierda”, iba a ser difícil de narices conducir esposada. “Doble mierda” más complicado que conducir con las manos atadas iba a ser conducir… sin las putas llaves. Aunque hacer un puente y forzar la puerta de su propio coche era una opción más que aceptable. Ya pensaría después cómo deshacerse del hierro que mantenía sus extremidades superiores unidas.

Por suerte para ella, no se había descalzado. Ian no había sido tan precavido y había tirado sus botas lo más lejos que pudo cayendo de seguro en un enorme charco de fango a más de treinta metros en la negrura de la noche. Como sí había hecho ella con las del chico antes de lanzarse a la carrera, bajo la torrencial lluvia, hacia la parte trasera del hotel donde esperaba su Infiniti g35 negro. Los rayos y truenos rompían alrededor de ella el sonido melódico del aguacero y la oscuridad impenetrable de la noche, sólo mancillada por las escasas farolas que iluminaban pobremente el complejo hostelero.

Bañada en sudor y lluvia, con la ropa pegada al cuerpo y el pelo a la cara, las botas llenas de barro y los bajos de los vaqueros enlodados, maldijo bien alto con la seguridad de que nadie la oiría, pues un trueno ocultó el sonido de su grito. La luz blanca de una serpiente celeste partiendo el firmamento le mostró lo que causó su “Triple mierda” y demás apelativos nada halagadores hacia Ian. Los cuatro neumáticos de su Infiniti estaban deshinchados. Con los dedos engarrotados por la ira palpó la goma mojada y sin fuerza de la rueda delantera. Sus yemas detectaron una raja profunda y larga que se extendía a lo largo de la cuarta parte de la curvatura de la rueda. Perfecto, Ian se lo había buscado. Se iría con el suyo. Mañana no le parecería tan buena idea haberle rajado las cuatro ruedas. Sin dejar de refunfuñar volvió sobre sus pasos a la parte delantera del hotel.

–¡¡Hijo de la gran puta!!

Fue lo más suave que pudo gritar, desechando el resto de apelativos cariñosos que circularon por su mente al comprobar que el propio Ian había desinflado las ruedas de su flamante Audi. Seguramente pensaba solicitar un compresor al recepcionista por la mañana para poder marcharse. Para ella las esposas seguían siendo el detalle sin importancia que le impedía hacer lo mismo. “Jodido sicópata retorcido” lo insultó en su mente, sin poder evitar enorgullecerse de la hábil mente del que en su día fuera su compañero.



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NOTA: obra registrada en el registro de propiedad intelecutal de safe creative numero: 1011137838724‏




Luz Niria: Gracias a ti por compartir un poco de tu tiempo e invertirlo en leer y hacerme llegar tus impresiones. Me alegra muchismo que te gustara el final. Todas tus preguntas y dudas sobre los personajes y sus reacciones, quedaran respondidas en el siguente tramo de la aventura. No se quedara nada sin resolver cielo. De nuevo mil gracias por el apoyo Y MILES DE BESOS ENORMES desde Madrid.



Dimka: Un orgullo estar entre tus favoritas, de verdad. Gracias por darme tu apoyo y comentar aun que fuera de vez en cuando, siempre se agradece. Estoy muy contenta de que te gustara como quedo la historia. Muchos besos. Nos vemos pronto.



Salem: Tranquiloooo que no cunda el pánico jajaj de momento. Pero en serio tranquilo que no te perderas la trasformación de Cassidy, la veras de manera detallada muy pronto. Al tio de Cass creo que lo que menos le va a preocupar va a ser esa invitacion que nunca llego jaja y como con la trasformación, los demás interrogantes quedaran resultos proximamente. Me alegro de que hayas estado tanto tiempo al pie del cañon y espero me acompañes también en la próxima entrega. Mil gracias niño y un millón de besis.



Danyyy: O reina yo si que te adoro eres genial, estoy tan feliz de que te gustara todo. Eres de lo mejorcito de la red corazón. Espero contar contigo para continuar el viaje por que hasta ahora me has ayudado y salvado de muchas. No tienes precio. Tqm cielo. Mil besis



Raven Black: Me dejas con tal tranquilidad al saber que no te decepcione pufff que descanso, gracias nena. Estoy feliz de que quedaras contenta. Gracias por andar siempre por aqui, espero verte en el sieguente tramo y seguir sin decepcionar a nadie. Mil besis.



Mellanie: Gracias por tus palabras nena, de verdad que me encanta verte tan emocionada, me entusiasma. No te preocupes que como comente no nos perderemos ni la conversión ni el enlace, es mas lo veremos con todo lujo de detalles. Y también sabremos las reacciones que esto causo en el resto de personajes y que es de sus vidas. Pronto más y confió en que no te lo pierdas. Un millar de besitos y besazos.



Anna: Corazón sip centro de nada los chicos volverán hacer de las suyas y por el foro tb, por cierto muchas gracias por ser tan proactiva en todo, eres un cielo. Que gusto saber que tanto el final como la historia en general te gustaron. Dentro de poquito más (tb Cass de vampira jaja) Ey confió que siga gustándote. Mil gracias y un millón de basazos.



Eemaria: Nalla sinceramente no tengo palabras. Si ya tenias ganado el cielo ahora, estas ultimas semanas, te has ganado una plaza en el reservado VIP. No hay manera de decir lo que siento sin quedarme corta en cuanto te aprecio y el valor que tiene para mi tu amistad. Necesitaria mil paginas y no llegaría ni a un uno por ciento del total. Nena eres ... jaja no digo nada y te lo digo to. Si ciertamente sera rara para nosotras esta segunda parte pero..... eso hará mas interesantes las noches de lectura y testado .... mas aun jajaj, menudas noches nos esperan. Estoy deseando empezar. Ya sabes Nalla. TE QUIERO.



Aurim: Nena el regalo me lo haces tu cada semana con tu inestimable ayuda y labor, sabes que sin tu cheking yo no publico ni la hora jaja bueno si lo hago pero........... se nota se nota jajaja. Y bueno jaja en nada te llegara mas trabajito de la siguiente fase jaja el proyecto continua y tengo que agradecerte que hayas estado ahi y que sigas estando. No te puedo pagar pero.... recibe mis bonos de cariños que es lo unico que tengo jajaja. Te QUIERO sevillana y ya sabes quien sera la siguente no? jaja Espero no decepcionaros a ninguna.Mil besis.



Sonita-24: ooooo nena que el comentario anterior lo escribi el viernes y tu envio de croketas me llego el sabdo jaja pero que conste publicamente que Sonia cumplio con sus pagos jajaja. Nena tranquila que veremos todo proximamente y ya veras que las semanas se pasan volando. Mira ya paso una jaja. Cielo que te quiero un monton y te agradezco mil que hayas mostrado interes en esto, te hace diferente, y eso es muy bueno. Tu apoyo a sido muy especial y lo sabes. Nos vemos en el proximo camino, y shshshs no digas nada. Que todo tiene que ser sorpresa jajaj.Mil besis.



Artemisa: Gracias por tus palabras siempre son muy alentadoras. Me alegra saber que no defraude a nadie. Espero poder contar con tu critica en los futuros proyectos. Se agradecen tus palabras. Mil besis. Confio en que nos veamos por aquí. Besos.

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